LA GACETA NEOYORQUINA

Caminando la ciudad

Cuentos

Regreso al hogar

A mis pirañitas preferidas,

Silvia y Ela Velarde.

 

Han pasado veinticinco años desde que abandonó el Perú y emigró a Estados Unidos. Por la ventanilla del avión Silvia ve el aeropuerto Jorge Chávez, las fábricas que lo circundan, el Puerto del Callao y la odiada Lima. Juró no regresar nunca más, pero la agonía de su padre, con él que no tiene contacto desde hace años la obliga. No está segura de haber hecho lo correcto, pero ya es tarde para arrepentirse, acaba de entregar su pasaporte estadounidense a un hombre que le resulta sospechoso.

Afuera la espera su prima. Camino a casa, le informa del estado real del enfermo: padece un cáncer terminal y le quedan sólo algunos días de vida. En ningún momento les pidió que se comuniquen con ella, pero sus hermanas, a sabiendas de lo que para él significa su hija y su ex esposa, lo desobedecieron.

Silvia se acomoda de mala manera en el mismo cuarto que fue suyo cuando era una niña. Su vida en el extranjero no puede ser mejor. Luego de un inicio difícil junto a su madre –con la que huyó a los quince años de la misma casa que ahora la recibe-, logra terminar el colegio, estudiar medicina y graduarse con honores. Se casó con un compañero de estudios y fundaron, con los años, una clínica que se ha convertido en unas de las más prestigiosas de Florida.

Su prima la apresura. Ella dice que está cansada, que en dos horas estará lista, pero la verdad es que le falta valor. Ya en el hospital, le parece que sus instalaciones están a punto de desmoronarse. Rápidamente, llega en donde está su padre, y lo ve postrado, parece que está durmiendo. Cuando intenta entrar, un doctor la detiene y le pregunta quién es. Ella no sabe que responder, casi con vergüenza confiesa: su hija.

El doctor le dice que su paciente le habla todo el tiempo de ella, que es un honor recibir en el hospital a tan distinguida profesional, que su padre estará feliz de verla, aunque no espera su llegada. Le pide que por favor salga unos minutos mientras despierta al paciente.

Ella quiere huir. Aun así, se arma de valor y le solicita que le muestre los análisis y el diagnóstico. Ni su prima ni sus tías habían exagerado: se está muriendo. Él la recibe con una gran sonrisa, pero muy nervioso. Se nota que en los pocos minutos de espera, su padre ha hecho un esfuerzo para verse bien. Ella se acerca y lo ve terriblemente mal.

Varios meses antes, Silvia se enteró de su enfermedad pero no quiso regresar. Sin embargo, mandó dinero para su tratamiento. Ahora está en Lima por petición de su madre. Silvia se quejó, entonces, que si quería saber cómo estaba, viaje ella misma; y su mamá le respondió que hace años había dejado de ser su esposa, pero ella nunca dejaría de ser su hija.

Su padre pregunta cómo les va en América, ella dice que bien. Él replica que está muy orgulloso por todo lo que han conseguido en la vida. Ella le da las gracias y le pide que no se esfuerce tanto, que descanse, y que tampoco se preocupe por los gastos del hospital.

Apenas si puede expresarse, pero no deja de hablar y ella de escuchar. En los siguientes días lo visitará numerosas veces. Retrasará su regreso. No sabe por qué, pero lo que inicialmente fue un suplicio se ha convertido en una cruzada.

Diariamente habla con su esposo e hijos. Les promete que pronto estará con ellos. Él le dice que no se preocupe, que se está haciendo cargo de la casa, la clínica y los niños.

Recuerda que una de las razones por las que regresó al Perú fue porque quería decirle a su progenitor, frente a frente, todo lo que había sufrido cuando vivían juntos. Quería saber por qué nunca las amó.

En aquel tiempo, sus padres peleaban todos los días. Silvia llegó a sentir terror de vivir en su casa. Sentía que él, en cualquier momento, acabaría con ellas. Era un callejón siniestro y sin salida del que sólo pudieron escapar cuando el hermano de su madre les ofreció la posibilidad de emigrar del Perú.

Fue entonces cuando se fugaron. Aprovechando que su papá estaba en el trabajo, recogieron algunas prendas íntimas y volaron por su libertad. Ni siquiera pudo despedirse de sus amigas, porque su mamá, por miedo a que su hija revelará sus planes, no le dijo nada hasta el último momento. Ya en el avión, recuerda, ambas se sintieron liberadas.

Felicidad que palideció cuando enfrentaron la dura realidad de los inmigrantes. La madre, después de tener varias empleadas, pasó a limpiar casas y oficinas. Silvia cuidaba niños al final de clases y ayudaba a su madre con la limpieza de algunas casas. Ya en la universidad, llegó a tener dos trabajos mientras estudiaba.

Su padre, mientras tanto, denunció a su esposa por abandono de hogar y, durante años, ambas no pudieron regresar al Perú. El resentimiento contra su padre creció con los años a medida que se prolongaban sus carencias. Y este rencor, al final, se extendió a todo el país. Silvia, inconscientemente, culpó al Perú de sus privaciones y falta de amor, de haber concebido a un hombre como su padre.

Para ella los peruanos, sin excepción, eran machistas, feos y brutos. Tanto así que cuando se daba la casualidad de conocer a algún compatriota, tendía a ignorarlo o menospreciarlo.

Y ahora tiene a su padre muriéndose frente a ella. Él se esfuerza para verse guapo. Y todavía lo es, se dice Silvia, pese a la enfermedad guarda algo de la elegancia que algunas veces comentó su madre. Ha hablado con su esposo, y él le dijo que en la tarde la volvería a llamar, cuando sus hijos salgan de la escuela.

Ayer, su padre hizo un esfuerzo y trató de decirle a su hija todo el dolor que sentía por no haber estado con ellas. Le dijo que todavía las amaba y pidió perdón. Ella le dijo que se calmara, que no haga esfuerzos innecesarios; ya papá, olvídalo. Y pensó, muy íntimamente, que es fácil pedir perdón cuando a uno le toca ser el débil.

Qué hago aquí, se dice, pudiendo estar al lado de mis hijos y mi esposo, mi verdadera familia. La vida le parece tan horriblemente sarcástica. Justamente fue su madre, la que más sufrió la violencia de este hombre, la culpable de que ella esté aquí, cuidándolo y pagando sus cuentas. Y su esposo, en vez de pedirle que regrese pronto, le dice que se tome todo el tiempo que quiera, que lo acompañe en sus últimos momentos.

Su padre ha despertado. Ve a su hija sentado a su lado. Y le dice nuevamente: perdóname. Ella, nuevamente, le pide que se calle. Y él responde, que entiende su resentimiento y que comprendería si decide irse.

Fue entonces cuando Silvia se percata que apenas puede respirar. Le toma la mano, casi no tiene pulso. Él vuelve a pedirle que le perdone, que le diga a su madre que lo perdone. Ella le pide que descanse y llama a las enfermeras. Su padre, casi sin voz, le dice que las ama mucho, a las dos, y nunca se perdonará por haberlas hecho sufrir tanto. ¡Calla papá!

El mundo es extraño, piensa, durante años deseó escuchar de boca de este hombre decir que la amaba. Ahora, sus palabras no le dicen nada, o al menos así lo cree, sin embargo, no puede evitar conmoverse y llorar con él.

Parece que va a vomitar. Todo el cuerpo le tiembla, se enfría. Ella le acaricia el pelo y le toma con fuerza la mano. Sus tías han llegado, pero se quedan en el umbral de la puerta. Ya no puede hablar, pero intenta tocar el rostro de su hija. No lo logra. Quiere decir algo, pero es tarde, silencio, vacío, nada; y Silvia le dice que también lo ama y lo perdona. Pero él no logra escucharla. Se desploma sobre su pecho, vuelve a decir: “te perdono papá”.

Ya en la calle, decide apurar los servicios de sepelio y demás trámites, para regresar pronto a su verdadero país. Todavía le salen algunas lágrimas, pero se siente tranquila, en paz. Recién ahora entiende a su madre, pese a todo, él siempre será su padre. Suena el teléfono, contesta, es su esposo. Le cuenta todo. Él le consuela y le dice que la ama, ella también se lo dice. Pregunta por sus hijos, y sus hijos la regañan: ¿Cuándo vienes mamá? Responde: pronto

La voz de ellos le suena tan limpia, tan lejos de este mundo. Son privilegiados. No crecen de mala manera, como ha crecido ella. Están haciendo un buen trabajo, nadie podrá negarlo. ¿Mamá, estás llorando?, le preguntan. Un poquito, responde, tu abuelito ha muerto. Tranquila mamá, tranquila mamá, tranquilo papá, repite en silencio. Se siente mejor, mucho mejor, y ha pronunciado la palabra perdón. Y ha sido sincera, sin embargo, ella sabe que lo que ha sido lo será para siempre, ni siquiera el amor o el perdón pueden cambiar la vida, ni la historia.

Pero ahí están sus hijos, que le hablan con ternura, y ella ruega que nunca pasen por lo que ella ha pasado, y desea estar en este segundo con ellos y abrazarlos con toda la fuerza del mundo. Y aferrarse a ellos, y protegerlos, y mentirse que cambia su propia vida a través de la de sus niños, y preguntarse al fin: ¿Quién protege a quién?

 

Return Home

To my favorite little munchkins,

Silvia and Ela Velarde.

Translated by Luis Guzmán Valerio.

Twenty-five years have passed since she left Peru and immigrated to the United States. From the airplane window, Silvia sees Jorge Chávez Airport, the factories surrounding it, Puerto Callao, and the Lima she hates. She swore never to return again, but the agony of her father –with whom she has not had any contact in a number of years– makes her. She is not sure whether she has done the right thing, but it is too late for regrets. She just handed her U.S. passport to a man who seems suspicious to her.

A cousin is waiting for her outside. On the way home, she fills her in on the real state of her father. He is suffering from a terminal cancer and only has a few days to live. At no time did he ask them to get in touch with her, but his sisters paid him no mind knowing how much his daughter and ex-wife mean to him.
Silvia settles in uncomfortably into the same room that was hers when she was little. Her life outside the country could not be better. After a difficult beginning along with her mother –with whom she fled at fifteen from the same house that now welcomes her– she managed to finish high school, study medicine, and graduate with honors. She married a classmate and with the years they established what has become one of the most prestigious medical practices in Florida.
Her cousin hurries her. Silvia tells her she is tired, that she will be ready in two hours, but the truth is her courage is lacking. Once in the hospital, it seems her faculties are about to give out on her. She quickly gets to the floor where her father is and she sees him lying down. It appears he is asleep. When she tries to go in, a doctor stops her and asks her who she is. She does not know how to answer. Almost with shame she confesses. His daughter.
The doctor tells her that his patient talks to him about her all the time. It is an honor to welcome such a distinguished professional to the hospital. Her father will be happy to see her, although he is not expecting a visit from her. The doctor asks her to please step outside for a few minutes while he wakes his patient.
She wants to flee. Even so, she gets up the courage and asks him to show her the diagnosis. Neither her cousin nor her aunts had exaggerated. Her father is dying. He receives her with a big smile, despite his nervousness. It is noticeable that in the few minutes she had been waiting, her father has made an effort to look well. She approaches and sees that he looks terribly bad.
Silvia found out about his illness several months earlier, but did not want to go back. However, she did send money for his treatment. Now she is in Lima at her mother’s request. Silvia had protested at the time, saying that if her mother wanted to know how he was, she should make the trip herself. Her mother replied that she had stopped being his wife a number of years ago, but Silvia would never stop being his daughter.
Her father asks her how they are doing in the U.S. She says they are doing fine. He replies he is very proud of everything they have accomplished in life. She says thank you and tells him not to strain himself so much. He should rest. Neither should he worry about the hospital costs.
He can barely express himself, yet he does not stop talking, and she will not stop listening. In the days following, she visits him several times. She postpones her return home. She does not know why, but what was initially torture, has turned into a crusade.
She talks to her husband and children on a daily basis. She promises them she will be with them soon enough. Her husband tells her not to worry. He is taking care of the house, the practice, and the children.
She recalls one of the reasons why she returned to Peru was because she wanted to tell her father, face to face, how much she had suffered when they lived together. She wanted to know why he never loved them. Back then her parents fought every day. Silvia became terrified of living in his house. She felt he might kill them at any given moment. It was a dead end from which they would only escape when her mother’s brother offered them the possibility of leaving Peru.
It was then that they fled. They took advantage of the fact her father was at work. They gathered a few personal belongings and they flew to liberty. She did not even say good-bye to her friends because her mother did not tell her until the last minute, out of fear Silvia would reveal their plans. Once they were on the plane, she recalls, the two of them felt liberated.
Their happiness waned when they confronted the harsh reality of immigrants. Her mother –after having had several domestic workers– went on to clean houses. Silvia babysat after school. Once in college, she held two jobs while she took classes. In the mean time, her father pressed charges against his wife for abandonment of residence and, for many years, neither one of them could return to Peru. Her resentment against her father grew year by year as his shortcomings extended in time. And this rancor, in the end, was extended to the entire country. Subconsciously, Silvia blamed Peru for her depravations and lack of love, for having created a man like her father. For her, Peruvians were without exception machista, ugly, and dumb. So much so that whenever she met a fellow countryman, she tended to ignore him or look down upon him.
And now she has her father dying before her. He makes an effort to look handsome. And he is still handsome –Silvia tells herself–. Despite the illness he still preserves some of the elegance his mother sometimes commented upon. She spoke to her husband and he told her he would call again in the afternoon after the kids are out of school.
Yesterday her father made an effort and tried to tell Silvia all the pain he felt for not having lived up to her expectations, neither hers nor her mother’s. He told her he still loved them and asked for forgiveness. She told him to calm down, not to stress himself unnecessarily. It is okay, papá. Forget about it. And deep inside her, she thought it very easy to ask for forgiveness when it is your turn to be the weak one.
What am I doing here?, she asks herself. I could be next to my children, my real family. Life seems so sarcastic to her. It just so happens to have been her mother, who bore this man’s violence the most, who is to blame for her being here taking care of him and paying his bills. And her husband, instead of asking her to come back soon, tells her to take all the time she wants. She should accompany her father in his last moments.
Her father has woken up. He sees his daughter sitting by his side and he says to her once again: Forgive me. And once again she tells him to be quiet. And he replies he understands her resentment and he would understand if she decides to go.
It was at that moment that Silvia realized he could hardly breathe. She takes his hand. He barely has a pulse. He asks her once again to forgive him, and to tell her mother to forgive him. She tells him to settle down and calls the nurses. Practically voiceless, her father tells her he loves them a lot, both of them, and he will never forgive himself for having made them suffer so much. Papá, be quiet!
The world is strange, she thinks. For years she wished to hear from the mouth of this man that he loved her. Now, his words do not mean anything to her. At least, that is what she thinks. Yet, she cannot help but be moved and cries with him.
It looks like he is going to vomit. His whole body shakes. She runs her hand through his hair and grabs his hand tight. Her aunts have arrived, but they stay at the door. He can no longer speak, but he tries touching his daughter’s face. He is not able to. He wants to say something, but he is already at death’s door and Silvia tells him she also loves him and forgives him. He did not hear her though. She falls on his chest and says once again: Papá, I forgive you.
Once in the street, she decides to hasten the burial services and other errands, so she can return quickly to her real country. She is still crying a bit, yet she feels calm and at peace. It is only now that she understands her mother. Despite it all, he will always be her father. The phone rings. She answers it. It is her husband. She tells him everything. He consoles her and tells her he loves her, and she replies in kind. She asks about the children and the children scold her: Mamá, when are you coming back? Soon, she replies.
Their voice sounds so pure to her, so far away from this world. They are privileged. They are not getting a bad upbringing. She and her husband are doing a good job. No one could deny it. Mamá, are you crying?, they ask her. A little bit, she responds. Your abuelito passed away. Mamá, take it easy. Take it easy, mamá. Take it easy, papá, she repeats in silence. She feels better, a lot better, and she has spoken forgiveness. And she has been sincere. However, she knows what has been will be forever. Neither love nor forgiveness can change life. And there are her children who speak to her tenderly, and she prays they never go through what she has gone through, and she wishes she could be with them this very second and hug them with all the strength in the world; and grab on to them, and protect them, and lie to herself saying that she changes her own history through that of her children, and she asks herself finally: Who protects whom?

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