LA GACETA NEOYORQUINA

Caminando la ciudad

¿Y qué pasa si Francia declara la paz y no la guerra?

franciabandera

En lo últimos días, de todo el mundo y desde casi todos los idiomas, naciones y espectros políticos, se han escuchado voces condenatorias contra los atentados ocurridos en París (pero no de Mali, por ejemplo, por mencionar sólo una de las últimas víctimas) y llamados a la guerra, una guerra que ya se viene librando desde hace décadas y que probablemente inspiró el fallido libro: El choque de las civilizaciones de Samuel Huntington.

Pero para quienes todavía dudan del poder y seducción del arte y la cultura, la manera solidaria como el mundo ha reaccionado, como si las víctimas de los atentados fueran las suyas propias, aquí una prueba extraordinaria de su imperio. Poder es el descomunal legado cultural francés que planea aún sobre el mundo, nos hechiza y envuelve aún después de que “La Ciudad Luz” ha dejado de ser casi completamente “La Ciudad Luz”, por la pérdida constante del universalismo y relevancia de la cultura francesa.

Nada de eso importa cuando llega la tragedia, porque París, como todas las cosas universales de la vida, nos pertenece, aunque sea un poquito, a todos nosotros. Nos pertenece porque allí escribieron sus mejores obras César Vallejo y Julio Cortázar, porque bebió hasta morir Ernest Hemingway y murió de verdad, cantando, Jim Morrison; porque James Joyce terminó el Ulises y George Orwell lavó platos y se hizo periodista; por la Nouvelle Vague de Godard y Truffaut, por Sartre creyéndose Spinoza y Stendhal, y Picasso exhibiendo el Guernica.

Quiero pensar –para sentirme bien y no cuestionarme demasiado- que por esa lista interminable que es el legado cultural y espiritual francés, lloramos ahora mucho más las victimas parisienses que los, por ejemplo, cientos de víctimas malienses, rusas, libanesas o israelíes de los últimos meses, o los centenares de miles de víctimas sirias e iraquíes, también por manos terroristas o estados totalitarios. Quiero pensar eso y no que hay ciudadanos de segunda clase, de tercera, ciudadanos invisibles como fueron las víctimas peruanas por el terrorismo, que a casi nadie importó, que a casi nadie importa.

Si ahora lloramos y hemos hecho nuestra la tragedia francesa tiene que ver más con sus pintores, músicos y cineastas, con sus poetas y novelistas, que con su cuestionada y abusiva historia de colonización, que todavía a tantos franceses y europeos enorgullece. La cultura, el arte y las ideas nos tocan el corazón y el alma de una manera más íntima y empática, hacen estallar nuestras emociones y mente hasta el punto de clamar ahora: “Somos franceses”.

Eso es una de las cosas que quiero plantear, dialogar sobre el legado de las artes, los invisibles, los innombrables, los inviables, el terrorismo y las batallas espirituales a las que nos enfrentamos. Lo otro, las otras batallas, la de los cañones y bombas hace rato se están dando –y parece con resultados menos buenos de lo esperado-. Pero antes, sólo para que quede escrito, yo estoy de acuerdo con mi amigo Roberto Vallejos cuando dice que el mejor terrorista es aquel que está en la cárcel o bajo tierra. No hay negociación posible con el terrorismo.

Lo que sucede es que hay otra gran batalla que me parece nos estamos olvidando de librar, o le damos poca importancia y recursos, tanto planificar bombardeos, o que no se choquen los aviones de tantas naciones en el aire –o se disparen entre si-. Estoy seguro que Francia, Europa y el resto de países occidentales pueden hacerlo mucho mejor en sus propios países con sus poblaciones musulmanas que prohibir el velo en algunos lugares públicos o escuelas, o de tiempo en tiempo sacar en los medios a líderes religiosos para decir que el Islam es la religión del amor; hacerlo mejor que, incluso, proponer la creación de una base de datos de todos sus musulmanes europeos y norteamericanos.

Si cientos de miles de sirios, iraquíes o del norte de África arriesgan sus vidas o las de sus propios hijos para llegar a Europa y no al África subsahariana musulmana o Arabia Saudita o Irán y tantos otros países a su alrededor, y pugnan por llegar a Alemania o Canadá, por ejemplo, es ya una elección de vida, es su propia íntima, desesperada y verdadera primavera árabe.

Muchos de esos cientos de miles de refugiados y los millones que ya viven en Europa tienen el potencial de ser los más leales aliados de la libertad y de ser la gran amenaza a los valores retrógrados, medievales y siniestros que encarna el Estado Islámico o que ya existen en tantos estados árabes y africanos (contra las mujeres, contra los gays) –algunos de ellos aliados de Occidente-, porque su huida de la guerra es también una huida por la libertad. Quizás esas propias gentes todavía no lo sepan, no lo hayan hecho consciente, y cuando hablan entre ellas se digan que quieren una vida simplemente lejos de las balas, de las decapitaciones, con un pan en la mesa. ¿Pero por qué ir a esos países que les están tirando las bombas y no se rigen bajo la Sharia o Ley Islámica?

Teniendo todo esto a favor, para crear las condiciones de una más profunda y favorable integración cultural que beneficien no sólo a los musulmanes europeos sino a sus familiares en el mundo árabe, porque esos musulmanes realizados en libertad serían los mejores embajadores de lo mejor de los valores occidentales, eso lo sabe muy bien el Estado Islámico –y otros grupos radicales como ellos-, por eso nada les vendría mejor que los gobiernos europeos arrinconen y segreguen en guetos a los musulmanes europeos, que les tiren la puerta en la cara a los refugiados.

Pero, ¿cuántos de nosotros hemos visto en televisión, hemos leído en los periódicos o revistas, en los medios, sobre ese otro musulmán, árabe, europeo o no, que no levanta las armas? Ese otro musulmán que trata de asimilarse o ya se siente asimilado, parte de las naciones que lo cobijan. A Estados Unidos y Canadá le va mejor en asimilar a esos nuevos musulmanes, a América Latina también. A Europa no tanto. Pero es normal, nada de que culparse, América es una tierra de inmigrantes. Europa podría aprender algo de nuestra experiencia.

Y no los hemos visto en primera plana porque ese otro mundo musulmán, no armado, no radical, integrado o que intenta integrarse, es virtualmente invisible, intrascendente e incluso inviable para los ojos de muchos, de nuestros propios radicales.

Salvo buena parte de la selección francesa de fútbol y de otras selecciones, empezando por Zinadine Zidane y Ozil, ¿cuántos relevantes artistas, intelectuales o políticos árabes europeos o de otras culturas conocemos? En una de las naciones

donde nació el cine porque no hay campañas en los medios en favor de la integración protagonizadas por ejemplo, por el propio Zidane, Ozil, Kedyra o Ribery.

La única manera de derrotar al terrorismo es cuando las sociedades que ellos dicen defender les dan la espalda, los señalan, los repudian. Las primeras y más graves víctimas del extremismo musulmán son los propios musulmanes. La Segunda Guerra Mundial, pese a su tragedia, tuvo como consecuencia algo extraordinario, entre europeos dejaron de matarse y, posteriormente, se unieron en la que es, a mi entender, la gran gesta política de los Siglos XX y XXI, la Unión Europea.

¿Podría pasar lo mismo con buena parte del mundo musulmán? La cultura y el arte pueden jugar un papel seminal en esta nueva guerra global del Siglo XXI. Las bombas ayudan pero los libros, las artes y las películas más, con la ventaja de que con ellas no hay que temer si caen demasiadas, matando poblaciones civiles ajenas al conflicto que terminen por rencor engrosando las filas terroristas.

Escribo esto porque pienso que para Francia y los Europeos el más importante campo de batalla no deben ser las ciudades, desiertos y montañas del Medio Oriente o el norte de África, sino sus propias poblaciones y barrios árabes y musulmanes, ese cinturón de pobreza y marginación que flota como una mancha de aceite sobre la geografía, el espíritu y la cultura europea. Está claro que han fallado en su plena integración, y aunque la culpa es compartida por muchos de los propios musulmanes europeos, por ejemplo, por aquellos que asisten y creen en las mezquitas radicales de la propia Europa. Declarar la guerra al Estado Islámico y la paz al mundo musulmán debe ser una prioridad, dentro y fuera de sus propios países. Esa gran batalla de nuestro siglo la tenemos que ganar.

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