LA GACETA NEOYORQUINA

Caminando la ciudad

Creación y academia, una historia de amor y odio

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Se supone que debería ser el matrimonio perfecto: unos escriben novelas, poemas, teatro y ensayos, y otros dedican su vida a enseñar y escribir sobre novelas, poemas, teatro y ensayos. Pero no es necesariamente así, sabemos que nos así, nos consta a escritores, académicos, y estudiantes que no siempre es así. Lo que hay dista mucho de ser un matrimonio perfecto y es, más bien, una relación tirante y a veces hasta desconfiada y disconforme; sobre todo entre los escritores vivos y el día a día del ejercicio académico universitario. Es decir, un matrimonio, una especie de familia disfuncional, que ha pasado y pasa por momentos de declaraciones de amor eterno hasta otros de sonados divorcios.

Entre los siglos XIX y XX, ensayistas como los peruanos Manuel Gonzales Prada y José Carlos Mariátegui desarrollaron magnificas obras no sólo lejos de la academia y los claustros universitarios sino con la convicción de que si se acercaban demasiado a ella, ponían en riesgo su libertad de pensamiento y creación. Era una visión romántica movida, tal vez, por la idea de que la universidad era parte integral y activa de un sistema económico y político que debía ser cambiado, si es que pretendíamos cambiar, a su vez, a la sociedad que la cobija, hacerla más justa e igualitaria, hacia el anarquismo, desde la perspectiva de Gonzales Prada o hacia el socialismo, desde la perspectiva de Mariátegui. Años después, en esta misma tónica pero mucho más crítica, el filósofo austriaco Ivan Illich escribió: “La universidad moderna ha alienado su oportunidad de proporcionar sencillamente un marco para encuentros autónomos y anárquicos, orientados pero no planificados, entusiastas. En cambio, ha elegido convertirse en gerente de un proceso que fabrica los productos llamados investigación y docencia”.

Sin embargo, en tiempos más recientes, son numerosos los escritores y artistas -entre ellos muchos latinoamericanos y españoles-, que han encontrado en la academia un medio idóneo para desarrollar sus obras, ya sea dedicando su vida entera a la enseñanza universitaria, o simplemente enseñando algunos cursos cuando se los solicitan en universidades de todo el mundo, o, cuando pueden, presentando sus trabajos y dando conferencias en ellas. Como ejemplo de los primeros, en nuestro idioma, hay muchos: Edmundo Paz Soldán en la Universidad de Cornell, Junot Díaz en MIT, Mayra Santos en la Universidad de Puerto Rico, Sylvia Molloy en NYU, Isaac Goldemberg en CUNY, Ariel Dorfman en Duke, Tomás Eloy Martínez en Rudgers, Ricardo Piglia en Princeton, etc. Y de los segundos, muchos más, como: Antonio Muñoz Molina, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, José Donoso, Octavio Paz, Ángel Rama, Jorge Luis Borges, Juan Villoro, Daniel Alarcón, etc. Pero hay muchos más, la lista es interminable en ambos casos.

Amor_y_OdioGuardando las distancias, como estudiante de un programa de doctorado en literaturas hispánicas, como profesor e investigador, pero sobre todo como aspirante a escritor y cineasta, pero también como amigo y conocido de muchos otros escritores situados en la academia, creo que también he pasado y he visto pasar por el mismo dilema diría casi existencial y moral de ser un artista y escritor en la academia y viceversa. Mi formación fue en cine y periodismo y llegué a la academia casi por casualidad, pero no por casualidad me quedé. Fue una decisión consciente que tomé porque creía que necesitaba la formación académica para ser un mejor escritor, y para escribir, además de ficción, ensayo y crítica literaria. Y no porque en la academia se aprenda a escribir mejor, sino porque la academia te enseña a leer mejor, un buen profesor te enseña a ser un mejor lector, te ayuda a tener un conocimiento orgánico y estructurado de la literatura y las ideas, a descubrir las ilimitadas complejidades que puede tener un gran libro, un movimiento literario o un gran autor, a tomar plena consciencia en el uso de las palabras, y eso es vital para la construcción de una obra literaria propia. Hay muchos escritores como Luis de Góngora, Miguel de Cervantes, Sor Juana Inés de la Cruz o el Inca Garcilaso de la Vega que estoy seguro no hubiera llegado a leerlos con la profundidad, complejidad y pasión que lo he hecho, sin la formación previa que obtuve en algunas de mis clases universitarias.

Pero hay otros aspectos menos amigables para un escritor en la academia, y viceversa, por supuesto. Quizás uno de ellos sea, para los escritores, el hecho de leer todo siguiendo un patrón, un orden curricular, sistemáticamente, de leer autores que, probablemente no le interesan demasiado, de aprender de memoria sobre periodos históricos literarios y movimientos culturales a veces artificiales, que sólo existen en la cabeza de algunos académicos con demasiado poder relativo dentro de sus aulas; o densas teorías literarias que van y vienen como la moda y las aves en verano, e incluso, aprender de obras que de repente son importantes en el marco de la historia, la historiografía, la filología y la crítica literaria, pero no necesariamente están vivos en la memoria, la imaginación, y el corazón de los lectores.

La anarquía como la mayoría de los narradores y poetas se acercan a leer y conocer sobre sus libros y autores favoritos, choca de lleno y con frecuencia contra la sistematicidad del sistema universitario. A su vez, probablemente, algunos académicos y profesores universitarios, ven con cierto desdén, aburrimiento y hasta escándalo, las excentricidades, subjetividad, informalidad, neurosis y manías de ciertos escritores, célebres o no, jóvenes o viejos, dentro y fuera de la academia, y se preguntan: ¿Cómo es que escriben?, ¿con qué herramientas?, ¿es qué no saben lo que se están perdiendo? ¿quiénes se creen estos?

Recuerdo un comentario que me hizo el escritor español Antonio Muñoz Molina, cuando lo entrevisté el 2007 para la revista Alma Magazine de Miami, en un café muy cerca a la Universidad de Columbia, rodeados de catedráticos y estudiantes, y quizás algunos artistas; y quien, dicho sea de paso, ha sido profesor itinerante durante toda su vida, además de periodista, promotor cultural y director del Instituto Cervantes de Nueva York. Él me dijo, entre broma y broma y con cierto sarcasmo, que los académicos esperaban que los escritores se murieran para poder escribir sobre ellos, y quienes daban vida a la literatura eran los escritores, no los académicos.

Este comentario, pese a ser un comentario informal en el marco de una entrevista periodística, para una sección cultural de una revista norteamericana en español, me dio vueltas en la cabeza por muchos años, sin llegar a ninguna conclusión; al menos hasta ahora, que quiero compartir mis reflexiones con quien me lea o escuche, porque quiero, intencionalmente, destacar los aspectos más positivos y necesarios de este matrimonio longevo y extravagante; a partir, en parte, de mi propia experiencia creativa, pero sobretodo de lo que he aprendido de la experiencia de otros escritores en la academia.

Y uso la palabra intencional porque mis reflexiones parten de la convicción de que mientras todavía algunos escritores y académicos gastan energías en riñas de matrimonio viejo; ambos, académicos y escritores estamos perdiendo la batalla más importante para todos nosotros, y esta batalla es el desmoronamiento de la importancia y prestigio social de las humanidades en todo el mundo académico y el mundo real, de cualquier país, frente a las ciencias, la economía y los números. Aunque ahora se publica más que nunca, y hay facultades de literatura y letras por doquier, las humanidades ya no son lo que fueron, han perdido peso académico y prestigio intelectual, creo que eso nadie lo puede negar. Necesitan una refundación o terminaran siendo arrinconadas en las universidades y centros de investigación, aún más de lo que están ahora. Basta una breve caminata en cualquier departamento de ingeniería o ciencias de cualquier centro académico para ver la diferencia de inversión entre unos y otros programas universitarios.

El profesor Alvin Kernan lo explicó muy bien, en la introducción de su libro What’s happened to the humanities?, demostrando como desde la Segunda Guerra Mundial, los presupuestos académicos y de investigación, y las masas de estudiantes inscritos en los programas de humanidades y literatura han ido decreciendo sistemáticamente, en proporción al aumento de la población. En otra sección de este mismo libro, la profesora Lynn Hunt, en su estudio: Democratization and Decline?, asegura que este innegable deterioro de los presupuestos asignados a los departamentos de humanidades, pero particularmente de literatura, ha coincidido con la irrupción de una nueva demografía universitaria, tanto entre alumnos como entre profesores. Si hasta finales de los años 50 y principios de los 60, las cátedras de literatura y humanidades estaban copadas mayoritariamente por hombres blancos anglosajones, en las últimas décadas, estos mismos departamentos y sus puestos académicos más importantes están siendo tomados por estudiantes mujeres, profesoras, minorías nacionales, étnicas y sexuales. Lynn Hunt se pregunta si este nuevo escenario no tiene algo que ver con el hecho histórico que todavía afecta la realidad contemporánea, de como las sociedades machistas, racistas y discriminatorias valoran menos, pagan menos, y le da un prestigio social menor, a las mujeres profesionales y a las minorías sean cuales sean estas.

A los creadores no nos va mejor en el mundo real, en el mundo de los lectores, aunque parezca lo contrario, porque ahora más que nunca el mercado literario premia la biografía y la foto, el “good looking”, tanto o más que la obra, porque eso multiplica la capacidad de venta de ese producto llamado libro y ese otro producto llamado autor. Ahora el mercado prioriza otro tipo de literatura, la que vende más, no necesariamente la mejor; la literatura light, de escándalo, de impacto mediático, de autoayuda, escrita con simpleza, sin ningún rigor estético ni literario. No siempre es así, por supuesto, todavía hay algunos escritores de gran valía que son, además, éxitos de ventas, pero en las listas de best sellers abundan, por lo general, obras de lectura rápida, de avión, que no te exigen mayor esfuerzo ni te llevan a la crítica al sistema social ni a ninguna otra cosa, que te hacen olvidar y drogarte emocionalmente, para soportar mejor el estrés y las exigencias de producción y consumo de la sociedad moderna capitalista.

Atrás quedaron aquellos tiempos como los que contaba José Donoso en su libro: Historia personal del Boom, cuando se quejaba de tener que enseñar literatura en las universidades norteamericanas, porque: ¡de algo hay que vivir! Para tener tiempo y poder hacer algo de dinero y luego regresar a Barcelona, para poder escribir con cierta tranquilidad. Experiencias universitarias que más tarde plasmó en su novela, de título más que sugestivo: Donde van a morir los elefantes.

Atrás quedaron esos tiempos disfuncionales porque ahora resulta que son los departamentos de literatura y humanidades, que antes tantos escritores subestimaron y hasta criticaron con desprecio y arrogancia, los que rescatan aquellos libros y autores que en un mundo dominado por el consumismo y el mercadeo, no tendrían espacio entre los lectores y ni siquiera entre los críticos de periódicos, quienes se ven desbordados por las exigencias de las editoriales de moda. Para muestra un par de botones que he leído en clase, dos escritores que ahora son parte de mi familia espiritual: Juan José Saer y Felisberto Hernández. ¡Que levante la mano quien alguna vez se haya cruzada con las obras de alguno de estos autores en Barnes & Noble u cualquier cadena de librerías!

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A lo largo de cinco años como estudiante he aprendido mucho, pero lo más importante, probablemente, ha sido encontrar en mi propia vida y trabajo como creador cierta armonía entre uno y otro mundo, evitar cometer parricidio en cada clase, o dejar de sentir que me estaba traicionando. Creo, sinceramente, que escritores y académicos se necesitan ahora más que nunca porque se enfrentan a los mismos problemas, los del declive de las humanidades en general y la buena literatura en particular.

Aunque el declive de las humanidades en las universidades tiene que ver, justamente, con las exigencias de un sistema capitalista que prioriza aquellas facultades y departamentos que producen más dinero, que pueden insertarse en el mercado laboral con más facilidad y empujar así, el crecimiento económico e industrial de los países; aún así ya pasó aquellos tiempos que defendían Gonzales Prada y Mariátegui, de que sólo lejos de la academia podían preservar su libertad intelectual, ya que, justamente por ser las humanidades la última rueda del coche en la actualidad universitaria es que, paradójicamente, hay más libertad intelectual y creativa. La indiferencia genera espacios que permiten, por ejemplo, estudiar obras supuestamente marginales o minoritarias, como las que podrían ser las de Oscar Hahn, José María Arguedas, Luis Martín Santos, Delmira Agustini, Huamán Poma o Clarice Lispector.

El último premio Nobel de literatura hispana, Mario Vargas Llosa, es un buen ejemplo de lo positivo que puede ser la academia para un escritor. Aparte del hecho concreto de que por muchos años ha sido profesor y conferencista en un sinnúmero de universidades por todo el mundo, varios libros suyos, sobre todo los de ensayo y crítica, son resultado directo de su experiencia universitaria, por ejemplo: Gabriel García Márquez: historia de un deicidio fue su tesis doctoral en la Universidad Complutense de Madrid, José María Arguedas: la utopía arcaica fue resultado de varios cursos que dictó en la Universidad Internacional de Florida y la Universidad de Harvard, lo mismo ocurrió con su último libro de ensayos literarios: El viaje a la ficción: el mundo de Juan Carlos Onetti.

Como vemos, tanto académicos como escritores podemos aprender unos de otros. Como ha señalado la doctora de Literaturas Hispánicas y presidenta del MLA Mona Fiston, en una entrevista que me concedió para el Daily News: “Por supuesto que hay un futuro para los que estudian y enseñan literatura, pero el lugar de las humanidades en las universidades norteamericanas hoy en día no es el de antes. Los estudiantes cada vez más se orientan hacia carreras que estiman “practicas” (como los negocios o las computadoras), y por lo tanto hay menos estudiantes que se especializan en lenguas y literaturas si lo comparamos con otras especializaciones. Sin embargo, el interés por la literatura por parte del público general y los especialistas sigue muy en pie. Estamos ante el fenómeno de la “literatura mundial” con todas las oportunidades que brinda”.

En el MLA en Filadelfia del 2009 escuché una conferencia titulada: Why Teach Literature Anyway? Presidida por John Paul Riquelme, de la Universidad de Boston, y en la que participaron tres ponentes de literatura inglesa: Wai Chee Dimock, de la Universidad de Yale, con el texto: “Literature as Public Humanities”; Jonathan Culler, de la Universidad de Cornell, con: “Reading versus Life?”; y Jean Elizabeth Howard, de la Universidad de Columbia, con: “Reading Critically and the Recovery from the Stupid Years”.

Todas las lecturas versaron sobre el futuro de los departamentos de literatura y las humanidades. Desde el título de la exposición, ya se implicaba cierta duda e inseguridad sobre el futuro de la enseñanza de la literatura, su función social y su lugar en la académica. Al parecer, esta duda era compartida por varios en la convención porque fue una de las exposiciones más colmadas de público, incluso con mucha gente sentada en el piso y paradas a los lados de la sala, pero también por el acalorado debate que provocó después. Las profesoras de las universidades de Cornell y Columbia, desde ángulos diferentes, propusieron que las facultades de literatura deben buscar crear ciudadanos críticos y que cuestionen el funcionamiento de la sociedad. Usando un ejemplo de la profesora Howard, “la idea es dejar atrás los años estúpidos de Bush”, época que según la profesora de Columbia, estuvo marcada por una sociedad que aceptaba las cosas tal como eran y por eso se embarcó en la guerra de Irak, sin ningún espíritu crítico, y pese a toda la evidencia de que eso estaba mal. La profesora de origen chino Dimock, por su parte, dijo que entender la academia como una actividad en donde se enseñanza a chicos de 18 a 22 años en promedio, y luego se cobra un cheque por este trabajo, es entender la profesión de una manera muy limitada. La enseñanza, para ella, en el sentido que lo que formuló la profesora neoyorkina, es un trabajo de construcción de mentes críticas, y también una oportunidad para proponer, discutir y entender los procesos culturales de la sociedad actual, y cómo llegamos a estar como estamos.

Finalmente, pese a las buenas intenciones que uno como escritor o académico pueda tener, pese a que en esta profesión se nos pase la vida enseñando y aprendiendo, pasa lo mismo que en un salón de clase: cada alumno decide cuánto aprender, que clase de alumno quiere ser, más allá de la buena voluntad del profesor o el buen ambiente que reine en el salón. Lo mismo pasa con nosotros, como escritores nosotros decidimos cuanto provecho queremos sacar de nuestra experiencia académica; y como académicos, cuan abiertos podemos estar frente a la anarquía y el exotismo que es, a veces, la creación literaria y artística. Las humanidades están en crisis y es necesario un reposicionamiento de las facultades de letras y sus escritores para recuperar el terreno perdido, y hacer otra vez de las humanidades una actividad importante dentro de la sociedad. Aunque el acorralamiento de las humanidades ha venido sobre todo de afuera, por razones de mercado y del capitalismo, la respuesta tiene que aparecer adentro de las propias humanidades. Esta debe sacudirse del complejo de inferioridad, utilitarista y frivolidad que a veces la domina, recordar que su rivalidad con las ciencias no es tal ni existe, como no lo existió para los espíritus renacentistas ni las grandes mentes científicas y artísticas que nos han traído hasta aquí, como Leonardo da Vinci o Einstein, sino más bien entender que las humanidades, las artes y las letras pueden atrapar la belleza y la complejidad, la profundidad y las contradicciones del ser humano a un nivel que las ciencias no son capaces de hacerlo, ni siquiera de soñarlo.

Aprendiendo del espíritu humanista, clásico, político y académico de Edward Said, ex profesor de literatura inglesa y comparada de la Universidad de Columbia, y apasionado activista por la causa palestina, sin duda, uno de los académicos más distinguidos de nuestro tiempo, no se trata de entrar a la universidad para hacer una carrera -o solamente para eso-, vivir de ella y seguir las modas para sobrevivir, las supuestas “lecciones profesionales” de algunos que nos dicen, primero, que los “estudios de género” son lo más importante, para luego decir, un par de años después, que ahora son las “zonas de contacto” y, finalmente, mudar impertérritos y sin ninguna autocrítica a los “estudios culturales”. Debate efímero que me recuerda una conferencia dada por Carlos Eire en el City College de CUNY, profesor de Yale y ganador del U.S. National Book Award for Nonfiction por su libro Cuban Revolution, Waiting for Snow in Havana, y quien al final de su presentación, frente a la pregunta: ¿en qué momento se había decidido a escribir ficción, después de tantos libros académicos? El dijo, medio en broma y medio en serio, y quizás hasta con cierta melancolía: “cuando obtuve mi teneru track”.

Eso no debería ser lo más importante, ni nuestro horizonte profesional y vocacional, sino  la búsqueda y el cultivo del conocimiento, del aprendizaje, de la enseñanza, de la originalidad y la crítica, más allá de cualquier moda intelectual pasajera o de política académica. La política académica ha existido siempre, y siempre existirá, así como existirán siempre las humanidades, pero para que estas, las humanidades, no se diluyan o terminen volviéndose intrascendentes, es necesario que también el espíritu crítico del que hacen gala tantos académicos y departamentos de literatura y letras de medio mundo, se vuelvan críticas con la propia naturaleza de las humanidades, con su evidente crisis actual pero también con sus posibilidades; y, por supuesto, con su papel en nuestra sociedad y en su propio entorno universitario. Para mí eso debe ser una de las cosas más importantes que debe de movernos a nosotros como académicos y escritores.

Conferencia dada en el Graduate Center CUNY en 2011 y publicada en Viceversa en 2014.

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