LA GACETA NEOYORQUINA

Caminando la ciudad

Nueva York, de tabernas, bares y artistas

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Fue George Steiner quien dijo que los bares, tabernas y cafés han jugado un rol fundamental en la cultura europea, ya que es en estos lugares donde filósofos, escritores, políticos, artistas e intelectuales han cultivado, discutido y madurado sus ideas, protegidos por la atmósfera de complicidad y distensión que podemos encontrar frente a un par de cervezas, una copa de vino o un buen café.

Borges-y-Sabato-2Esta evidencia la podemos trasplantar a cualquier lugar y tiempo. Por ejemplo, al bar limeño de El Cordano, lugar en donde el gran poeta peruano Martín Adán escribió algunos de sus más célebres poemas, en servilletas de papel. Después de largos silencios, me contó el escritor José Antonio Bravo, quien pasó muchas tardes con él, hasta que un día se armó de valor y le preguntó: “¿Maestro, cómo le viene la inspiración, la escritura de la poesía?”, y Adán le respondió, algo fastidiado: “Uno no escribe poesía, uno no se inspira, uno está en poesía”. O podemos viajar a un bar entre las calles Maipú y Córdoba en Buenos Aires, un 21 de diciembre de 1974, en donde tuvo lugar el legendario segundo encuentro entre Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, bajo el auspicio de Orlando Barone, que daría lugar al libro titulado: Diálogos. Borges dijo en una de esas conversaciones: “Pienso que toda la historia de la humanidad puede haber comenzado en forma intrascendente, en charla de café, en cosas así, ¿no?”, para que luego Sábato replique: “Sócrates era un filósofo de café… Aquí siempre hay un argentino dispuesto a opinar y resolver cualquier tema universal desde una mesa de café. Los griegos eran muy parecidos a nosotros”.

the-algonquin-hotel-timesEn Nueva York cada ladrillo tiene su historia. Y entre los muchos tesoros que esconde la ciudad, algunos de los más recónditos
y bulliciosos están en sus tabernas y bares. Un buen ejemplo es el Blue Bar del Hotel Algonquin, fundado en 1902 como El Puritano, entre la Quinta Avenida y la Calle 44. En los años veinte, éste hotel y su bar se convirtieron en el corazón de la vida literaria y teatral de Nueva York, gracias, en parte, a su dueño Frank Case, quien amaba el teatro y la literatura por sobre todas las cosas.

Fue Case quien invitó a los primeros dramaturgos y escritores al bar del hotel, a figuras como Booth Tarkington, Douglas Fairbanks, John Barrymore y H. L. Mencken. Autores a los que además, en ocasiones, tenía que extender crédito porque no tenían como pagar sus cuentas.

También fue de los primeros hoteles en recibir a mujeres solas, cuando esto estaba mal visto, entre ellas: Gertrudis Stein, Mariana Anderson, Simone de Beauvoir, Helena Hayes, Eudora Welty, Nadine Gordimer, Edna O’Brien o Maya Angelou. Otros comensales habituales del bar fueron el periodista Willian Shawn, y más adelante los escritores John Updike y James Thurber. También, cuando pasaban por Nueva York, era habitual ver en la barra a los escritores británicos Graham Greene y Noel Coward, y a los actores Olivier Gielgud y Peter O’Toole.

Al menos tres premios Nobel han visitado su barra: Sinclair Lewis -quien quiso comprar el hotel-, Derek Walcott y el más notable de todos, Willian Faulkner. Este último, incluso, escribió su discurso del Premio Nobel en una habitación del Algonquin. En el Blue Bar, además, se creó la Round Table, cofradía conformada por algunos de los mejores periodistas y críticos literarios de la época, entre ellos el fundador de The New Yorker (1925), Harold Ross, cuyo primer número fue financiado con los juegos de póker que se daban en el hotel.

En Nueva York viven decenas de rutilantes estrellas del espectáculo y los deportes, y ricachones de todo en el mundo. Algunos de ellos, de repente, hasta toman el subway y comen su pizza de dólar, pero de seguro todos terminan desvaneciéndose iluminados por las luces de la ciudad, porque Nueva York, como canta Frank Sinatra, es inconquistable. Nada más cierto si hablamos del PJ Clarke’s, bar/restaurante ubicado justo en la esquina de la Tercera Avenida con la calle 55. Tiene 130 años y es un clásico de La Gran Manzana.

New York City, 1 Aug 08Tiene fama de preparar las mejores hamburguesas de la ciudad y como está ubicado en pleno centro financiero de NY, su clientela son, sobretodo, ejecutivos, algunos famosos y “gente de bien”, como dirían las damas de antaño. Tanto es así que, hasta hace algunos años, era habitual ver en su bar y su pequeño comedor a Sinatra y Jacqueline Kennedy Onassis. Aun ahora, si uno va seguido al PJ Clarke’s con toda seguridad compartirá barra, alguna vez, con Salma Hayek, Benicio del Toro, Andre Agassi, Johnny Depp, Sandra Bullock o Renée Zellweger, entre muchos otros. El mismo Mario Vargas Llosa, quien ganó el Nobel radicando en Nueva York, ha escrito que los huevos benedictinos que preparan en PJ Clarke’s son una delicia –me consta-.

Pero New York es bastante más que la capital cultural y financiera del mundo. Las calles que inspiraron a Federico García Lorca a escribir Poeta en Nueva York, son, sobre todo, una inagotable caja de pandora, un mega experimento social, una visión del mundo, una ventana al futuro. Si Flaubert dijo que la literatura es una manera de vivir, nosotros podemos decir también: Nueva York es una manera de vivir. Alguna vez el fuego que la alimenta se extinguirá, pero entonces quedará la leyenda, así como quedaron la Troya de Homero, la Lisboa de Pessoa, el París de Balzac o el Dublín de Joyce.

En ningún otro lugar confluyen con tanta normalidad gentes de tantas partes, diversas y lejanas, pueblos rivales y desconocidos. Esto se da porque detrás de las características particulares de cada quien y de cada comunidad, de las historias y circunstancias personales que han podido traernos hasta aquí, de alimentar nuestros creencias, prejuicios, complejos y autoestima; existe el denominador común de querer empezar una nueva vida, de cambiar, ser otro, quizás mejor. Y a veces, incluso, de ser parte de una sociedad que, nos guste o no, es la voz cantante y más nítida de ese fenómeno que llamamos globalización. Esto pasa, seguramente, en el resto de América o en cualquier otra ciudad del mundo que reciba inmigrantes, pero definitivamente no en la misma dimensión e intensidad. Sin embargo, todos los extranjeros de Nueva York o USA sabemos que nunca vamos a ser verdaderos estadounidenses. Eso está claro, aunque lleguemos a tener pasaporte gringo y cantemos de memoria: “America the Beautiful”, e incluso si llegamos al punto de amar la tierra de Jefferson y Eleanor Roosevelt. Pero nuestros hijos sí, dicen muchos -no sé si porque les gana el optimismo, la ingenuidad o la realidad-, pero sí podemos aspirar a ser neoyorquinos de verdad.

UN AUTORRETRATO DE LORCA EN NUEVA YORK SALE A LA LUZ CON MOTIVO DE SU SUBASTAGarcía Lorca se había percatado de la inmensidad de la ciudad, con menos de un año estudiando inglés en la Universidad de Columbia, entre 1929 y 1930; experiencia que sería vital para su obra y la poesía hispanoamericana. Por aquellos años
reflexionó, luego de visitar Wall Street: “En ningún sitio del mundo se siente como allí la ausencia total del espíritu; manadas de hombres que no pueden pasar del tres y manadas de hombres que no pueden pasar del seis, desprecio de la ciencia pura y valor demoniaco del presente. Y lo terrible es que toda la multitud que lo llena cree que el mundo será siempre igual, y que su deber consiste en mover aquella gran máquina día y noche y siempre”.

Antonieta Rivas Mercado y Federico García Lorca, en 1929

Luego escribiría estos versos magistrales: “Nueva York (oficina y denuncia): “No es el infierno, es la calle. / No es la muerte, es la tienda de frutas”. Para el escritor cubano Reinaldo Arenas, en cambio, la ciudad significó al principio una nueva y delirante vida de libertad, después de haber sido encarcelado en Cuba por su condición homosexual y por su oposición al gobierno de Fidel Castro. Logró escapar de la isla clandestinamente durante la crisis de Mariel, para instalarse primero en Miami y luego en Nueva York, a principios de los ochenta, muy cerca del Times Square. Ya instalado ahí visitaría constantemente los bares gay de la zona de Harlem y del Village, y en sus propias palabras, lo que encontró fue: “una Habana en su máximo esplendor”. Viviría una vida marginal y hedonista, muy política como mentor de otros artistas exiliados, enfermo terminal de Sida, y que terminaría con su suicidio un 7 de diciembre de 1990. Su final en Nueva York no fue un final sensual como había sido casi toda su vida, sino macerado en drogas y alcohol, y sobretodo en la desolación, pero también político y literario: “Pongo fin a mi vida voluntariamente porque no puedo seguir trabajando. Ninguna de las personas que me rodean están comprometidas en esta decisión. Sólo hay un responsable: Fidel Castro”, como escribió en su carta final, y que trae resonancias de otra muerte, también por suicidio, un 2 de diciembre de 1969, la de José María Arguedas: “Y ahora estoy otra vez a las puertas del suicidio. Porque, nuevamente, me siento incapaz de luchar bien, de trabajar bien. Y no deseo, como en abril del 66, convertirme en un enfermo inepto, en un testigo lamentable de los acontecimientos”. “no puedo seguir trabajando”, “trabajar bien”; uno contra la dictadura, la homofobia y el comunismo, otro contra el racismo y la discrimación cultural. Ambos incomprendidos y agotados, marginales y caricaturizados, incluso ahora, con el auge de los estudios culturales, de género, de minorías, y de eso que hasta ahora no entiendo y que llaman Zonas de Contacto ¿?

Reinaldo-arenas_traitor-yesterday-traitor-today-traitor-foreverArguedas vivió su propia pasión por NY, una pasión de unas pocas noches, unas cuantas horas, también en Harlem, en brazos de una prostituta negra, como le contó a John V. Murra: “¡Que inmensurable es el ser humano! Me siento en NY tan feliz como en un día de Navidad, en una aldea andina. Tengo la impresión de estar en un universo que no parece hecho por el hombre. Es tan poderoso como el amazonas”. Los últimos años de Arenas, en cambio, fueron de desilusión respecto a la sociedad americana, por eso escribió El Portero, novela autobiográfica que cuestionaba la idea de libertad y el happy ending gringo, y que se inspiró en el único oficio estable que pudo tener el escritor en sus diez años de vida americana, como portero de un rascacielos de departamentos de Manhattan: “Una puerta más amplia y hasta entonces invisible o inaccesible; puerta que era la de sus propias vidas y, por lo tanto la de la verdadera felicidad”.

Así como hay muchas maneras de ser neoyorquino, hay un Nueva York para cada uno. En el Village y el Soho, se encuentran algunos de los bares más antiguos y con más personalidad de la ciudad, como: McSorley’s, Chumley’s, White Horse Tavern, Cornelia Café y Ear Inn. A diferencia del Blue Bar del Algonquin y del PJ Clarke’s, más exclusivos, estos bares son frecuentados por manadas de jóvenes artistas, aspirantes a escritores, poetas y cineastas, turistas y bohemios.

El McSorley’s es mi favorito. Al entrar lo primero que sentimos es el aserrín que se mete en nuestros zapatos, el aire cargado y meloso por el olor de la propia cerveza que fabrican en el sótano y la cantidad de gente, la muchedumbre que hace que todo el lugar parezca una sola conversación, una sola carcajada. Sus mesas están rayadas como si jugaran niños sobre ellas, pero impecables, suaves, y sus paredes repletas de fotos y recortes de periódicos que nos cuentan la historia más de izquierda de los Estados Unidos. Todo esto me gusta, me transporta en el tiempo, pero debo confesar que al principio me enamoré del lugar por razones superficiales. El tipo que me llevó me dijo que era el bar favorito de Kennedy y de un montón de escritores, y yo quería ser como ellos. Luego regresé a sus cervezas con mi amigo Ulises y ahí sí se puso mejor, porque plantamos nuestra banderita peruana en sus mesas, hablando de los escritores que queríamos ser y de las mujeres a quienes queríamos amar. Como yo también quería ser uno de esos escritores legendarios, escribí parte de mi primer libro de cuentos: La mejor historia es siempre la mía en la mesa de la derecha que mira la calle, debajo del probablemente último teléfono público de los bares de NYC, y me alucinaba alcoholizado un verdadero escritor. Años después, Ulises me invitó a tomar unas cervezas junto con una escritora chilena de nombre Lisa creo, y con Daniel Alarcón. Daniel entonces era un par de años más joven que nosotros y había publicado su primer libro de cuentos en Harper Collins/Rayo. Ya había empezado a disfrutar la miel de la celebridad porque un cuento suyo había aparecido en The New Yorker. Cuando nos enterábamos todos le envidiamos, en buena ley. Su cuento Ciudad de payasos era –y es- sensible y potente, y él parecía haber sido señalado para cosas serias, como se confirmó con los años. Como sea, lo que recuerdo de aquella noche no son nuestras conversaciones literarias, seguramente anodinas, sino que, en algún momento Daniel se levantó y nos mostró orgulloso y lleno de amor su pecho con un tumi tatuado y nos dijo, con un tono extraño de melancolía y vacío, algo así como que nosotros sí éramos peruanos de verdad, no como él, un gringo más.

McSorleys-3El bar abrió sus puertas en 1854 gracias a John McSorley y hasta 1970 no estaba permitida la entrada a mujeres. Los grupos feministas lo demandaron y desde principios de los 70 todo el mundo puede entrar. Durante muchos años McSorley’s, ubicado entre la Tercera Avenida y la Calle 7, fue el centro de reunión de la izquierda neoyorquina, especialmente sindicalistas, quienes aprovechaban la discreción de sus dueños para conspirar. Fue en este bar -también frecuentado por Abraham Lincoln y John F. Kennedy- en donde el famoso poeta norteamericano E.E. Cummings escribió: “I was sitting in McSorley’s. outside it was New York and beautifully snowing./ Inside snug and evil. the slobbering walls filthily push/ witless creases of screaming warmth chuck pillows are noise/ funnily swallows swallowing revolvingly pompous a the/ swallowed mottle with smooth or a but of rapidly goes gobs/ the and of flecks of and a chatter sobbings intersect with/ which distinct disks of graceful oath, upsoarings the break/ on ceiling-flatness…”.

mitchellAños después, gracias a una clase con Antonio Muñoz Molina, descubro al gran Joseph Mitchell. No tocaba leer nada sobre el bar, sino su crónica “Joe Gould’s Secret”, pero me gustó tanto su escritura que salté a su “McSorley’s Wonderful Saloon” y leí:
“McSorley’s bar is short, accommodating approximately ten elbows, and is shored up with iron pipes. It is to the right as you enter. To the left is a row of armchairs with their stiff backs against the wainscoting. The chairs are rickety; when a fat man is sitting in one, it squeaks like new shoes every time he takes a breath. The customers believe in sitting down; if there are vacant chairs, no one ever stands at the bar. Down the middle of the room is a row of battered tables. Their tops are always sticky with spilled ale. In the centre of the room stands the belly stove, which has an isinglass door and is exactly like the stoves in Elevated stations. All winter Kelly keeps it red hot. “Warmer you get, drunker you get,” he says”.

A todos mis amigos o a quienes son importantes para mí he llevado al McSorley’s. A casi todos les ha gustado, pero no a todos. Por ejemplo, a mi buena amiga Andrea, de origen Ucraniano/Venezolano, nacida en Nueva York, cuando le hablé del bar me puso una cara de pocos amigos, y me contó que cuando era niña recogió con demasiada frecuencia a parientes del lugar. Ellos bebían, mientras ella se quedaba con su abuelito en una iglesia católica de los alrededores. Le he preguntado si quiere tomar unas cervezas conmigo en McSorley’s, para poner un poco de miel a sus recuerdos. Estoy esperando su respuesta.

Pero hay vida más allá del McSorley’s. Cuenta la leyenda que el Ear Inn fue una casa originalmente propiedad de un ex esclavo negro llamado James Brown que luchó en la Guerra Civil. La casa se construyó en 1817 y es una verdadera reliquia histórica que ha mantenido sus puertas abiertas por más de 180 años, siendo completamente renovada entre 1999 y el 2001, gracias a la Fundación de Propiedades Históricas de Nueva York. Originalmente su clientela fueron marineros, desempleados y las ratas del puerto. Pero a partir de las tres últimas décadas, gracias al renacimiento de todo el vecindario, la barra se convirtió en una de las más “cool” de la ciudad.

Chumley’s fue, probablemente, el bar con mayor tradición literaria de la zona. Aunque la casa fue construida en 1830, como bar recién abrió sus puertas en 1922, durante los años de la prohibición. De esos años le quedó la tradición de no tener letrero en la puerta, para confundir a las autoridades. Sin embargo, por riesgos en la construcción, Chumley’s fue cerrado en 2007, con la promesa de reabrir sus puertas tan pronto se termine de construir un nuevo edificio que la albergue, que ya está construido, pero ahora su reapertura enfrenta la oposición de numerosos vecinos. Esperemos que puedan reabrir pronto, en favor de la salud literaria de la ciudad.

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El primer dueño del Chumley’s fue Leland Stanford Chumley, sindicalista, soldado, mesero, artista, caricaturista de periódicos, activista y editorialista. Su intención era abrir un bar “Speakeasy”, y como tenía tantos amigos literatos, rápidamente se convirtió en un bar de poetas. Tanto así que Simon de Beauvoir escribió sobre Chumley’s: “La habitación es cuadrada, absolutamente simple, con pequeñas mesas fijadas contra la pared que están decoradas con cubiertas de libros viejos. Tiene esa cosa rara de los Estados Unidos: un ambiente”.

En ese lugar, por muchos años era común ver sentados, tomando whisky, a Hemingway y Fitzgerald, o al mismo T. S. Eliot. Pero también a John Steinbeck, John Dos Passos, William Styron, Lillian Helman, Upton Sinclair, James Agee, y E.E. Cummings. Y en sus últimos años, contaron con clientes como Ric Burns, Woody Allen y David Mamet. De hecho, ahí se han filmado al menos dos películas: Reds de Warren Beatty y Sweet and Lowdown de Woody Allen.

Muy cerca se encontraba el Cornelia Café, en la calle del mismo nombre. Allí solían reunirse escritores Beat, beatnik y de otras tendencias. Ahora, prácticamente en el mismo local ha nacido un nuevo bar café llamado The Cornelia Street Café (1977) No tiene el espíritu contracultural ni la modestia de su antecesor pero definitivamente se come mucho mejor, a razón de los múltiples premios culinarios que han ganado, gracias al buen gusto de sus fundadores, los artistas Robin Hirsch y Angelo Verga, y al chef Dan Latham. Un poco más allá, también en el Greenwich Village, se encuentran el Cafe Wha? y The Bitter End. Mucho más modernos que la mayoría de los bares que estoy mencionando, pero aparecieron en escena en momentos críticos de los Estados Unidos y con el tono e ímpetu adecuado, en 1959 y 1961 respectivamente (y se siguen manteniendo gracias al legado de sus fundadores: Manny Roth y Paul Colby, fallecidos recientemente a los 94 y 96 años)

Cafe-Wha1Cafe Wha? y The Bitter End estuvieron en pie de guerra cuando la ciudad de Nueva York y especialmente sus zonas bohemias
de Soho, Village y Greenwich vivían y eran epicentro de una revolución cultural que afectaría el mundo entero. El Café Wha? se volvió algo así como una trinchera para los poetas Beat. Allen Ginsberg y Jack Kerouac eran habituales del lugar y de sus cocteles, pero no eran los únicos, también pasaban horas ahí Bob Dylan, Bruce Springsteen, Jimi Hendrix, entre muchos otros. Como ha narrado Douglas Martin de The New York Times, Dylan debutó en su escenario: “Just got here from the West” dijo a Manny Roth, con la ingenuidad, impaciencia de sus 19 años, “Name’s Bob Dylan. I’d like to do a few songs? Can I?”

bitterThe Bitter End, por su parte, se autoproclama como el “New York City’s Oldest Rock Club”, y no se queda corta de estrellas y de historia, en su escenario han tocado, declamado, actuado y contado chistes nada menos que : Stevie Wonder, Woody Allen, America, Bob Dylan, Bill Cosby, Lady Gaga, Jackson Browne, Neil Diamond, Jon Stewart, Randy Newman, Billy Crystal, Tommy James, Norah Jones, Donny Hathaway, Curtis Mayfield, Tracy Chapman, Patty Smith, Mohammed Ali y muchos muchos más.

white horseWhite Horse es conocido sobre todo porque en su entrada se cayó mortalmente el poeta Dylan Thomas, luego de una noche
de borrachera descomunal, a principios de noviembre en 1953. La leyenda dice que se tomó dos botellas de whisky solo. Sea cual sea la verdad, lo cierto es que este bar, ubicado en la esquina de 567 Hudson St., tiene carácter. Algunos detalles nos recuerdan al gran vate británico, empezando por la placa que adorna su entrada.
Entre los bares latinos ninguno con el encanto y el ritmo del Nuyorican Poets Cafe. Apenas tiene 40 años, un bebé al lado de las reliquias que he comentado. Sus fundadores fueron Miguel Algarín, Miguel Piñeiro y Pedro Pietri. Sólo Algarín sigue vivo y los dos últimos son verdaderas leyendas de la cultura puertorriqueña de la ciudad. Especialmente Pedro Pietri, ya que el encarnó, como pocos, la identidad puertorriqueña en los Estados Unidos, hasta el punto de llegar a denunciar la realidad colonial de Puerto Rico. Su sepelio en su barrio natal del Bronx fue multitudinario. Miguel Piñeiro tenía, según Algarín, todas las condiciones para convertirse en una leyenda: gay, drogadicto, lumpen, delincuente. Fue prácticamente un analfabeto hasta que llegó a la cárcel, en donde terminó de aprender a leer y escribir. Tanto era su talento con la poesía y el teatro que ganó, por primera vez para un hispano, el prestigioso premio Tony.

Nuyorican-Image-3Pero el Nuyorican no es ni mucho menos el único bar pincelado por manos hispanas en la ciudad. Otro modelo es el que nos dio el Premio Nadal de novela, Eduardo Lago, con su libro: Llámame Brooklyn. Él ha contado: “he querido reflejar los 18 años que llevo viviendo en Brooklyn. Tardé mucho en ver los personajes con claridad, pero había un bar en Atlantic Avenue en el que coincidía una serie de personajes interesantes, y de ahí fue saliendo mi novela”.

Muñoz Molina, escribió también en Ventanas de Manhattan: “Mi amiga Bewerly Brown, nieta del trombista Lawrence Brown, que tocó muchos años en la orquesta de Duke Ellington, me había guiado una noche por las calles recónditas de West Village –estrellas, sigilosas, adoquinadas, con acacias en las aceras y glicinias trepando por las fachadas, enredándose a las escaleras de incendios- llevándome a un pequeño club que está en la calle Grove y se llama Arthur’s Tavern, donde tocaba entonces un pianista que murió hace unos años. Esta vez yo quería llevar sobre mis antiguos pasos a mi amante recién llegada de Madrid, inseguro de encontrar el camino y ansioso de regalarle a ella lo que en un viaje anterior yo había recibido, la taberna acogedora y algo decrépita, la barra de madera, el pequeño estrado del fondo donde tocaban los músicos, rodeado por un mostrador en el que los parroquianos apoyaban sus bebidas, sobre el que se acodaban para conversar y fumar cigarrillos o para pedir alguna canción al pianista, que tocaban y cantaba a la manera gentil de Nat King Cole…”.

Arthurs-TavernYo también quería darle un regalo a mi amigo cordobés Rafael Osuna Montañez, el lector más entusiasta e inteligente de Muñoz Molina que he conocido. Sabía que él iba a apreciar muchísimo beber unos tragos en un bar mencionado por uno de sus autores favoritos. El problema era que no recordaba en donde estaba, ni su nombre, ni el local, ni tampoco las páginas en donde el escritor andaluz menciona el bar. Sólo recordaba que un día, al final del semestre, Muñoz Molina nos había llevado a todos sus alumnos de un curso de escritura creativa de NYU a ese lugar, a despedir la clase. Casi una hora dando vueltas, yo, cargado de culpas por no recordar el lugar, y mi amigo, de ansiedad por conocer el bar. Felizmente, ninguno de los dos estaba ni cansado ni desanimado, cual viaje de Ulises a Ítaca, hasta que lo encontramos, felices y aliviados. Todavía recuerdo a Rafa, apuntando el nombre de la barra y la dirección, porque él a su vez quería sorprender a su novia.

Conversaci_n_en_La_CatedralAl menos Arthur’s Tavern todavía existe. Cuanto daría porque todavía existiera La Catedral, el sórdido, triste y lumpenesco bar de Conversación en La Catedral. Y repetir y recitar al menos parte del diálogo entre Zavalita y el negro Ambrosio. Su atmósfera, color y reputación han quedado inmaculadas en la ficción porque, pensándolo bien, peor sería lo que le pasó a la taberna The Brazen Head, fundada en 1198, famosa por su antigüedad pero sobretodo porque ha sido mencionada por muchos autores, entre ellos: James Joyce, Brendan Behan y Jonathan Swift. Todavía es un lugar simpático, hay que decirlo, las cervezas son frescas y tienen cuerpo, su fish and chips delicioso y la gente que lo atiende encantadora; pero por momentos me pareció más una extensión de algún parque de diversiones de Disney, por la cantidad de turistas americanos que había y sus odiosas cámaras de foto, que el lugar que arrancó de Joyce estas palabras: “”Corley, at the first go-off, was inclined to suspect it was something to do with Stephen being fired out of his digs for bringing a bloody tart off the street. There was a dosshouse in Marlborough Street, Mrs Maloney’s, but it was only a tanner touch and full of undesirables but M’Conachie told him you got a decent enough do in the Brazen Head over in Winetavern street…”.

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Escribo esto y mi amiga Patricia González, española, traductora, poeta y profesora del Trinity College de Dublín, me jala las orejas. Ella vivió en un departamento arriba del bar y aparentemente es una parroquiana asidua del lugar. Me dice, primero, que la Guinness no se sirve fría, ok, lo siento, corrección, pondré “fresca”; y segundo, más severa: “Explica a qué te refieres, ya que sigue siendo un pub “local” donde tocan música tradicional todas las noches y no queda clara la crítica”.

Quizás me refiera al mes de junio en particular, cuando estuve en Dublín. La ciudad estaba llena de turistas, particularmente norteamericanos, quienes creían que en Irlanda se celebra todos los días el Día de San Patricio. Y para los gringos Saint Patrick es sinónimo de borrachera. Las ciudades de Nueva York y Boston siempre terminan alfombradas de borrachines que confunden realidad con prejuicio. Y aquel día The Brazen Head estaba lleno de estadounidenses bebiendo y tomándose fotos –que colgaban inmediatamente en Facebook, lo vi- en cada uno de los rincones de uno de los bares más antiguos y célebres del mundo.

Yo fui a The Brazen Head de puro romántico. Se supone a recorrer los pasos de Joyce y de algunos otros escritores, como antes había ido al Prospect Cemetery en Glasnevin, a la Casa de la Literatura Irlandesa, al Trinity College, etc. Y cuando llegué al bar, que esperaba tan destartalado y sórdido como se describe en el Ulises, y me encontré, en cambio, con una caballada de beodos pensando que todos los irlandeses son borrachos. Me sentí algo ultrajado, engañado, humillado, despojado de toda mi pureza.

Sin embargo, creo que Patricia tiene razón y debería darle una nueva oportunidad. De hecho, aquella noche –porque finalmente me quedé, pese a la mala impresión inicial-, cuando le pregunté al mesero sobre algún recuerdo que haya dejado Joyce, me llevó a un cuarto cerrado y me mostró una mesa donde supuestamente el autor de Dubliness y Finnegans Wake había trabajado. ¿Sería verdad o parte del folklore para despistados turistas? En fin, lo que sí me constó esa noche y lo pude vivir y padecer fue el legendario humor negro irlandés. Llegué sólo pero terminé rodeado de un grupo de jóvenes irlandeses que me hicieron beber hasta morir. Uno de ellos trabajaba en Hong Kong, en comercio internacional, y su novia era china. Se notaba a leguas que era el perro alfa de la pandilla. Me contó que hasta hace algunos años no eran muy comunes los matrimonios interraciales en Irlanda, pero ahora la sociedad se había abierto bastante, especialmente entre los jóvenes. El mismo trabajaba con su hongkonesa, quien era su traductora y socia, importaban textiles y, supuestamente, estaban formando un pequeño imperio transcontinental. El resto de chicos de la mesa trabajan para él, eran sus amigos desde el colegio y el vecindario. Creo que yo fui el primer peruano que conocían en sus vidas, pero cuando puse sobre la mesa el tema del nacionalismo irlandés y su relación con Inglaterra, la conversación se partió en dos. Al costado había una pareja que, con el fragor de la discusión, se animaron a intervenir. La muchacha defendía la idea de que los abusos que sufrieron los irlandeses por parte de los ingleses no era cosa de viejos, sino que aún ahora se podía palpar en algunos detalles. Su acento era diferente al resto de chicos, y cuándo le pregunté si era americana me dijo, muy sería: “El hecho de que parezca una albóndiga y fácil no significa que sea americana” (después me confesaría que había vivido muchos años en Massachusetts)

El humor irlandés me recuerda algo al peruano. Su acidez, su aspereza, a veces su bestialidad, y muy frecuentemente su autoflagelación. Ambos nos llegan cargados casi siempre de verdades dolorosas, de prejuicios y complejos, pero el humor de Irlanda va mucho más allá porque también parece que esgrimiera protesta, desagravio. Mientras escuchaba a los chicos, me preguntaba si ese tipo de humor no era una válvula de escape de nuestras sociedades, de nuestras naciones marginales y periféricas, acostumbradas a recibir órdenes más que a mandar.

Cruzamos el charco y regresamos a Nueva York, a nuestra multiculturalidad y nuestras albóndigas, a nuestros chicos y chicas fáciles. Yo mismo soy más fácil que la tabla de uno, peruano y americano al fin de cuentas.

OFICINA LATINA -- DINING ROOM DOORS OPENING ONTO STREET PHOTOSi hay un lugar con el mayor tráfico de poetas, narradores, profesores de literaturas hispánicas y amantes de la literatura en español, ese lugar se llama: La oficina latina, en la 24 de Prince Street, fundado por un italiano de nombre Paolo y conocido como un bistró panamericano. A mí también me pareció una broma su nombre y me consta, porque me lo ha contado Javier Molea de la librería McNally Jackson, que más de uno ha pensado, efectivamente, que se trataba de una oficina, con secretaria y todo, y no lo que es: un buen lugar para leer, comer y conversar. Cada sábado los chicos del Book Club de McNally terminan su jornada literaria en sus mesas y los jueves o viernes, después de los eventos literarios en español, por ley, Javier, los presentadores y la mayoría de su público, terminan bebiendo en su sótano. Aunque Javier me dice que más entretenidas que sus intensas conversaciones literarias son las chicas lindas que van al lugar. Debe ser, no me consta, pero a Javier le creo todo, sobre todo si se trata de mujeres. Habrá que ir con más frecuencia.

A estas alturas casi terminamos creyendo en Octavio Paz cuando dice: “El equivalente del poema pastoril es la meditación solitaria en el bar”. Cierto, tan cierto como que cada uno hace de sus lugares favoritos lugares de encuentro, lugares mágicos, lugares cargados de nosotros mismos, de nuestra memoria y esperanza, de nuestros sueños e imaginación, o al menos lo intentanos. Testigo es el Café Borgia, en la 161 de Prince St., taberna sin mucha personalidad en la que acostumbrábamos reunirnos todos los lunes casi dos docenas de jóvenes y no tan jóvenes poetas y escritores hispanos, hace más de una década, cuando yo recién llegué a NY y confundía restaurant con restroom. El fundador fue el catalán Ramón Codina y llamó a su tertulia Aguafuerte. Sus integrantes veníamos de toda hispanoamerica. Casi ninguno de nosotros estudiaba literatura ni en la universidad, sino nos ganábamos la vida en mil oficios. Con Ramón trabajé un año en un periódico de White Plains llamado El Aguila de Hudson Valley. Las tertulias eran intensas y muy politizadas, marcadamente progresistas, y ahora que lo pienso, en ocasiones, hasta absurdamente de extrema izquierda considerando que estábamos en Nueva York, en las entrañas del monstruo como diría José Martí. Si en Aguafuerte muchas veces la biografía de los autores mandaba, en mis salones de clase era la teoría literaria. Pero no quiero ser malagradecido, desde 1998 que fundó Aguafuerte hasta que dejó de existir unos cinco años después -cuando regresó a España y su puesto fue tomado por otros chicos-, la tertulia fue para mí un oasis en el desierto.

Cuando llegué a NY corrí con mis amigos a descubrir aquellos bares y cafés en donde habían bebido nuestros ídolos literarios. Recuerdo soñar que era uno de ellos. Y recuerdo también tratando de identificar aquellas calles y parajes de la ciudad que habían servido de escenario a mis libros y películas favoritas; por supuesto Woody Allen, Martin Scorsese, Henry James, Truman Capote, Kafka, Lorca y varios más. Después descubrí que mi recorrido era el recorrido de demasiados. Todos tratábamos de seguir los pasos de esos gigantes, beber como ellos, vestir como ellos, imitar su manera de andar por el mundo, sus miradas, sus poses, sus desplantes, sus escritos.

Por aquellos años yo trabajaba en un bar de nombre Michael’s Sport Café. Michael, uno de los nombres más comunes de este país para un bar de deportes como miles hay dispersos por toda la ciudad. Un bar de gringos en donde prácticamente se prohibía el ingreso a hispanos. No oficialmente, por supuesto, pero uno de los managers, un gordo enorme apodado Big John, inflado de esteroides y alcohol, se las arreglaba para que las mesas hispanas sean las últimas en ser atendidas. Yo era el único latino que trabajaba con la clientela, de bus boy primero y luego de camarero. Todas las meseras y cantineras eran blancas excepto una belleza ecuatoriana cuyo impactante porte la salvaba de cualquier discriminación. Pero en la cocina todos eran mexicanos, excepto el dueño, un chef americano. Así que yo pasaba de las bachatas, la cumbia y los narcocorridos de la cocina, al rock & roll y el inglés de la barra y las mesas. Todavía siento la mirada de odio y desprecio del Big John cuando cruzaba el bar, pero también recuerdo la amabilidad y gracia de la mayoría de las chicas y chicos que trabajaban conmigo, su ayuda y paciencia con mi inglés. A ellos les llamaba la atención que siempre llevaba algún libro y que de rato en rato garabateara mi libreta. Mi abuelo me había enseñado a ser acomedido así que yo hacía más de lo que me correspondía, lo que se traducía en mejores tips y de vez en cuando en un “I love you”, que me subía al cielo (después descubrí que decir eso en América es tan trivial como preguntar la hora) Por esos tiempos no aspiraba más que buenos tips y visitas a mis bares soñados. Aunque borroneaba algunas historias en las mesas de mi trabajo, el trabajo de escritor de “verdad” lo dejaba para cuando tocaba visitar las mesas prodigiosas de los bares literarios de NYC, usualmente los lunes que eran mis días libres, los mismos días que se reunía Aguafuerte. Ya en esos lugares me imaginaba que era E.E. Cummings en McSorley’s o Dylan Thomas ebrio en White Horse Tavern. Al menos hasta el alba, cuando tocaba regresar a mis tips, mis lindas meseras, el Big John y mis mesas.

Me tomó varias semanas intercambiar algunas palabras en español con la muchacha ecuatoriana. Aunque era evidente que era hispana casi no nos hablaba ni a mí ni a los cocineros en nuestro idioma. Pero también hablaba con acento el inglés, de eso me di cuenta años después. Creo que estaba tan preocupada en encajar que había sacrificado todo lo demás. No podía correr el riesgo de acercarse demasiado a nosotros.

A mí me molestaba su actitud, así que un día decidí castigarla con mi silencio. Le hablaba lo justo para no perjudicar el trabajo. En cambio al Big John siempre lo saludaba y me despedía al final de la noche. Mi profesor de inglés, un judío muy viejito que era voluntario en la biblioteca, me recomendó cuando le conté todo esto: “Yo soy judío y sé de lo que hablo. Con esas personas hay que ser todavía más educadas que con cualquiera otra. Y un día los vamos a quebrar”. Dicho y hecho, después de varios días, de decir buenos días y buenas noches hasta el cansancio, sin recibir respuesta, me convertí en el segundo hispano del bar –después de la ecuatoriana- de merecer su saludo. Y después de casi un año, para mi dicha y mi nausea, me dijo: “Héctor, tú eres un hispano diferente”.

Como venía de ser periodista en Perú me creía importante. Nadie en Lima sabía que trabajaba de mesero y bus boy en Michael’s, pero a veces contaba a mis amigos que me iba de copas a los bares más antiguos de la ciudad: “El Queirolo de NY”, presumía. Cuando podía, desde las ventanas de Michael’s, miraba la ciudad y a veces hasta salía por segundos para respirarla. Me decía entonces que, aunque ya no fuera periodista nadie me podía quitar que estaba viviendo en NY, la capital del mundo y por qué no, La Capital de la Cultura Hispana del Siglo XXI, así, con mayúsculas. Recordaba aquella frase de Julio Cortázar, y la hice mía: “Es preferible ser nada en una ciudad que lo es todo, que ser todo en una ciudad que no es nada”.

Pasaban los años y así como seguía los pasos embriagados de mis escritores neoyorquinos, también seguía sus escritos. Usurpaba sus vasos llenos de vino y cerveza, y sus palabras plenas de sonido y carácter. Hacía a un lado “mi” Michael’s y me veía en McSorley’s. No sé en qué momento me di cuenta de que todo era un error. Pero si recuerdo conversaciones, consejos, comentarios, sugerencias. El profesor Muñoz Molina en una clase nos hablaba de robar la voz de otros. Esa noche, revisé viejos escritos míos y encontré la voz de Ribeyro, de Cortázar, de Vargas Llosa y muchos otros en mis cuentos, y no en el mejor sentido, es decir, en su magisterio, su épica o su retozo. No, sino en su sonido, sus expresiones, sus gestos, en la construcción de mis oraciones e ideas. Una semana después esperé a Muñoz Molina a que terminara su clase y lo acompañé hasta su oficina, quería darle las gracias y se las di. Le dije que me había equivocado de puro flojo. Y él me dijo: “Una frase como: salió despavorido es una muy buena frase, ¡pero ya basta pues! Usemos otra, no tenemos que apropiarnos de la voz de otros escritores”. Y luego agregó: “Algunos escritores como Onetti tienen muy buen oído, y pueden escribir rápido, nosotros que no lo tenemos, debemos escuchar bien nuestras propias palabras, y tener mucho cuidado como las usamos”. El sonido de las palabras, las chispas que provocan unas con otras al chocar en una historia. Pero también desde qué posición uno pretende hacer literatura. ¿Estamos en el centro del mundo? ¿Nueva York es la capital de la cultura hispanoamericana? ¿Somos periferia incluso estando en el centro? De repente las respuestas a todas estas preguntas son afirmativas, para mí lo eran hasta hace unos años, ya no lo son más. Pero debo confesar que defendí los “sí” con mucho empeño, me hacían sentir bien, alguien importante, un poco por lo que decía Cortázar.

lacavernaMi amigo Eduardo Corrales fue uno de los que me sacó esas ideas de la cabeza, por supuesto, como no, después de muchas cervezas en bares anónimos a lo largo de toda la ciudad, “nada literarios” -si acaso todavía podemos usar ese término a estas alturas de la crónica-, sino los que correspondían a nuestros bolsillos y sed de entonces. Me dijo: “¿El centro de la literatura
hispanoamericana? ¿Crees en verdad en eso Héctor? El centro siempre es la mesa del escritor, donde está parado, donde se sitúa, desde donde quiere crear”. Eduardo no se deja impresionar por el pedigrí de mis “bares literarios”, y prefiere pararse a la otra orilla de lo que podríamos llamar snobismo. Yo le digo que no tiene nada de pose recorrer esas tabernas, que son como actos religiosos, de peregrinaje, ¡viajes a La Meca! Él me recuerda a San Mateo: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”. Tiene razón, donde hay dos o tres reunidos en nombre de la literatura, la literatura está entre nosotros. Sin embargo, a mí me consta que también Eduardo ha hecho su propio peregrinaje, a sucumbido a la leyenda. Hace poco viajó a Liverpool y visitó la legendaria La Caverna Pub, mítico lugar donde tocaron por primera vez The Beatles. Su excitación y felicidad era tanta con la ciudad, su gente y el bar que durante el viaje le escribió a su mejor amigo de la infancia, con quien compartía su pasión por esta banda inglesa, para enviarle fotos y contarle cada detalle de lo que estaba viendo, escuchando y oliendo, como para decirle que él estaba haciendo ese viaje, ese peregrinaje musical que ambos soñaron afiebradamente, por los dos, 40 años después. Ahora pienso, escuchando la historia de Eduardo y de su amigo, que en realidad quizás ellos ya habían viajado hace tiempo a La Caverna, y no a la de ahora (parada clave de cualquier tour por la ciudad), sino a la histórica taberna de clase trabajadora de aquel 9 de febrero de 1961. Y habían frecuentado y aplaudido a The Beatles mientras se embriagaban en una de las otrora modestas mesitas del bar, en varias de las 292 presentaciones que dieron en su teatro.

Creo que por ese mismo camino iba Orhan Pamuk, en su hermoso discurso: El maletín de mi padre, cuando recibió el Premio Nobel en 2006. Mientras su padre soñaba con ser un poeta en París y parecerse a Paul Verlaine, Pamuk decidió todo lo contrario, por eso leyó en Estocolmo: “Contrariamente a lo que yo sentía en mi infancia y en mi juventud, para mí, ahora, el centro del mundo es Estambul. No solamente porque yo he vivido allí toda mi vida, sino porque durante los últimos treinta y tres años, identificándome completamente con la ciudad, he estado describiendo en mis narraciones sus calles, sus puentes, sus gentes, sus perros, sus casas, sus mezquitas, sus fuentes, sus héroes asombrosos, sus tiendas, sus personajes famosos, sus gentes humildes, sus recovecos oscuros, sus días y sus noches”.

Por supuesto, con Nueva York también podemos llegar a ese punto de intimidad, llevar la ciudad a nuestra mesa, hacerla nuestro barrio, nuestra cómplice, como lo hizo José Martí cuando escribió Nuestra América o el mismo Muñoz Molina en Ventanas de Manhattan. La intimidad, el silencio, la profundidad, la honestidad. Recorremos la ciudad cual Travis Bickle cruzando justicieramente la Hell’s Kitchen, buscando como él una segunda oportunidad, la redención definitiva, a nuestra Iris. Soñando con nuestras páginas en blanco, páginas nuestras que terminarán siendo quizás territorios y escenarios de alguna prometedora historia, de algún insignificante bar, de alguna conversación de cantina que con algo de suerte, inspiración y mucho trabajo termine formando parte de la literatura y el arte como son: La Catedral, The Arthur’s Tavern, The Brazen Head, McSorley y quizás Michael’s. ¡Salud!

Publicado en diferentes versiones en la revista Alma Magazine de Miami y Dosis de Perú, en el blog de McNally Jackson/La Universidad Desconocida, y la revista en línea Viceversa de NYC.

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