LA GACETA NEOYORQUINA

Caminando la ciudad

Crónicas portuguesas: José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998

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¿Cómo entrevistar y escribir una crónica, desde Lima, sobre un Premio Nobel y no morir en el intento? ¿Cómo, al menos, poder acercarse desde el Perú a un escritor acosado por la prensa mundial a días de haber ganado el premio de su vida? ¿Cómo, después de haber escuchado todas las preguntas del mundo, arrancarle algunas palabras más o menos auténticas e íntimas al primer narrador vivo de lengua portuguesa sin parecer que uno está cayendo ¡otra vez! en el lugar común? ¿Cómo, en fin, adentrarse en la formidable sencillez y vastedad de este hombre que ha hecho de los detalles vitales, de la escritura fantástica, de las historias de navegantes, del regreso a la candidez y la ternura, un arte verdadero? No lo sé. En todo caso, estas palabras del escritor fueron captadas al vuelo, hasta en tres ocasiones hace 10 días, las dos primeras veces frente a un enjambre de periodistas en la ciudad de Oporto, durante un encuentro de literaturas iberoamericanas, y posteriormente al final de una ceremonia cuando me acerqué libro en mano, encontrándolo junto a Nélida Piñón, algo fastidiado y con el rostro agotado y la mirada de niño grande que lo acompaña siempre.

DIA UNO

Miércoles 14/10. Hacía tiempo que no llamaba a Pepe Bravo. Quería saber cómo estaba, así que levanté el auricular del teléfono y lo llamé: “Hola don Pepe, ¿cómo está?” “Hola compadre, ¿qué ha sido de tu vida?”. “Aquí pues, en la lucha, trabajando, haciendo patria”. “Me parece muy bien, yo, te cuento, me voy a Oporto para participar en el Encuentro de Literaturas Iberoamericanas, nada menos que junto a José Saramago compadrito, sóplate esa”. “Mis respectos don Pepe, que suerte tiene”. “Si pues, mañana mismo parto a Oporto pero puedo pasar a la una por el diario para darles toda la información. Incluso el discurso que voy a leer”. “No podíamos esperar menos de usted, don Pepe”.

Colgué. Hay gente con suerte, dije otra vez, esta vez en silencio. Apenas si había leído a Saramago, pero lo poco que conocía de su obra me había deslumbrado con la misma fuerza de Dostoievski o Vallejo. Especialmente por esa sensación que uno siente al leerlo de estar en medio del mar, navegando. Había, además, un valor agregado. En una literatura como la nuestra, con abundantes casos de escritores precoces y exitosos, la vida del escritor José Saramago, iniciada demasiado tarde para algunos, aparecía como la de un hombre que después de mucho caminar encuentra, finalmente, su propio camino, y este no puede estar más lejos de los esnobismos y frivolidades típicos del mundo literario, y lo asume con toda la inocencia y locura que puede tener un hombre cuando ama lo que hace, en su caso, la literatura.

Miré a Jorge Pimentel, mi amigo, el poeta, lo abracé con interés y con una sonrisa más interesada todavía, el hombre de los contactos. “¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras así, que te propones?”, “Jorge, escucha, no digas nada hasta que termine de hablar, se me ha ocurrido una locura: solo imagina que uno de tus tigres de culturales consigue una entrevista exclusiva con José Saramago; sería un gol de media cancha, no es verdad”. “¿Pero cómo?, él no va a venir”. “Y si nosotros lo vamos a buscar hasta Oporto”. “¿Y cómo, nadando?”. “No pues, tú tienes amigos que podrían ayudarnos, tú sabes a quienes me refiero, y yo podría llamar a la Embajada de Portugal para ver de qué manera pueden ayudarnos. Lo intentamos o no, el mundo es de los soñadores”. “Vamos a ver, qué locura. Vamos a ver qué se puede hacer”.

DIA DOS

Jueves 15/10. “Señor Velarde, pase a dejar su pasaporte a las 12 del día, dos fotos chicas y llene el cuestionario que le van a dar en la entrada. Apúrese que no le queda mucho tiempo. Viaja hoy a las 10 y media de la noche. Lleve ropa ligera y un paraguas”. ¡No puedo creerlo, Jorge es lo máximo! Lo llamé, inmediatamente, y también a mi casa para que me consigan un par de maletas. A las diez en punto estaba en el aeropuerto. Una hora antes, me fui a una conocida librería de San Isidro para comprar un libro del autor. Quería un libro de cuentos y terminé comprando: Viaje a Portugal, me parecía el más propicio para la ocasión. Me costó un ojo de la cara. ¡Cuánto cuesta la cultura en este país!

Mi compañero de viaje fue el “Chema” Salcedo y un enjambre de periodistas que acompañaban a Fujimori conocidos como las geishas, y un par de sus ministros rumbo a la cumbre presidencial que tendría lugar en la misma ciudad y en paralelo. Reconocí algunas de sus famosas geishas, aquellas comunicadoras sociales preocupadas más por rendir pleitesía a nuestro emperador nipón que a hacer periodismo de verdad. Pero yo a lo mío y con discreción, porque viajaba casi de polizonte en el avión presidencial. Mientras todos iban a hacer política y adular a Fujimori, yo iba a hacer culturales, era un degenerado… o un cobarde. No quiero responder a esta pregunta ahora. Felizmente, al menos por un costado, estaba bien acompañado. Entre nube y nube hablamos de literatura y de la cumbre de presidentes. Chema me decía: “Esto puede significar el inicio de la paz entre el Perú y Ecuador”, muy entusiasmado. “¡Pero a qué costo Chema!”.

Arribamos a Oporto a las 4 de la mañana, media hora después tocamos la puerta de un hotel de nombre Inca. Otro compañero de viaje me dijo que con ese nombre de repente el hotel era “monse”. Los peruanos, ¡¿cuándo no?! Y yo le dije: “¿y si es uno de los mejores de la ciudad?” Felizmente para todos, yo estaba más cerca de la realidad.

Luego, mientras el resto de la delegación de periodistas peruanos se acomodaba, preferí salir a conocer la ciudad. Era la primera vez que viajaba a Europa. Sus calles chiquitas y empedradas, los faroles antiguos, todo hacía evidente que me encontraba en la segunda ciudad más vieja de Portugal y una de las más antiguas del Viejo Continente. Seguía caminando, imaginándome que tal vez, por estas mismas calles, caminó Pessoa. Algo de especial debe tener este país, me seducía, para haber declarado como fiesta nacional el día que nació el poeta. No había un alma en la calle. Caminaba por la vereda y de una casita salía una persona que no lograba distinguir. Me imaginé que al ver a un extranjero en una calle en donde no se ve a nadie tal vez se asustaría. Y lo que vi fue una réplica perfecta de Mike Tyson, un inmigrante de África, y él que se asustó fui yo. Mejor regreso al hotel.

Ya casi amanecía, y en la puerta del Inca me encontré con algunos de mis colegas incaicos. Se habían bañado y cambiado, y estaban listos para la guerra. Me dijeron: “te apuntas”. “Pero si el centro de convenciones está cerrado”, les repliqué. “Tú sigue nomás, que después nos vas a dar las gracias”. Yo dije, para mis adentros: “se irán a cenar”. Pero no, se iban de cacería, de putas, pero aparentemente no muy bien informados porque estuvimos dando vueltas y vueltas sin encontrar ningún burdel; aunque yo feliz, porque así conocía un poco más la impresionante y vieja arquitectura de la ciudad, sólo por eso, lo juro. Pero al cabo de casi dos horas los jodí otra vez: “ya pues, no están cansados, no tienen hambre. Vamos a comer algo”, y una de los geishas dijo: “Hay, me olvidé llamar a mí esposa”. Agarró su celular y marcó: “Hola mi amorcito, ¿cómo estás?, acabamos de llegar y estamos súper cansados, extrañándote muchísimo. Te llamo mañana después del trabajo. Vamos a comer algo típico con mis colegas”. Colgó, “ya está, hombre libre, ¿y esas jugadoras del al frente? al ataque”. Y fuimos, pero solo tres de nosotros se atendieron con las señoritas, que para desgracia de los parroquianos incaicos eran todas brasileñas, y no europeas como esperaban. El resto nos fuimos a cenar. Yo fui el primero que terminó porque quería caminar un poco más y salí a dar unas vueltas. Todo estaba oscuro y solitario, doblando una esquina empedrada, me topo con un par de prostitutas y su caficho, una de ellas se me acercó ofreciéndome sus servicios, mientras que la otra todavía tenía la liga ajustada en su brazo, y en la otra, una jeringa. Parecía que los ojos se le iban a saltar de su rostro. Regresé corriendo y descompuesto.

DIA DOS Y MEDIO

Viernes. A estas alturas ya había perdido el sentido del tiempo. Decidí no dormir durante los tres días que dure el viaje. A las 8 de la mañana fui a buscar a Saramago a su hotel, pero me dijeron que ya había salido. Tomé un taxi y terminé en el instituto Camoes, que era el que organizaba el evento, me estaban esperando. En la entrada del auditorio había una muestra fotográfica itinerante de escritores iberoamericanos, y en la misma puerta de las instalaciones, como para saber quién era el “rey” de la literatura actual, una foto de Saramago nos recibía. Grande fue mi sorpresa al ver frente a él otra imagen, esta vez de Mario Vargas Llosa cubriéndose el rostro con ambas manos. Estoy en familia, pensé, no tengo por qué preocuparme. De lejos me vio Pepe Bravo, y se quedó en una pieza –no sabía que venía- “Hola compadrito, te viniste nadando, siéntate, que gusto de verte”. “¡Don Pepe!, supongo que me va a presentar a Saramago”. “Claro, si se puede, el hombre está solicitado, no te desesperes compadrito”.

Nélida Piñón se acercó y me concedió una emotiva entrevista. Cuando le conté que era peruano, me dijo que: “amaba el Perú, especialmente las obras de José María Arguedas y Vargas Llosa. Incluso Mario me ha dedicado la novela La guerra del fin del mundo”, aseguró. “Como no voy a amar tu país si allí aprendí a comer arroz y cebiche”. Por un momento me olvidé del autor de Los cuadernos de Lanzarote. Dicho sea de paso, acababa de pasar rumbo al comedor, o por lo menos eso parecía, porque apenas si se le podía ver entre las decenas de periodistas que lo seguían como si hiciera milagros.

Desde hace 15 años, cuando empezó a escribir con fruición, Saramago, cuyo apellido es casual y significa en portugués: “mostaza de los campos”, no ha dejado de entregarnos obras maestras, pero su fama es muy reciente. No estoy seguro si a este hombre de 75 años le hace bien o le gusta la lluvia de flashes que lo persiguen en todo momento. Ya en el comedor, lo dejaron tranquilo. Felizmente, pude entrar para verlo cuando intentaba hacer la cola para almorzar, digo, intentaba porque inmediatamente todos los demás escritores le cedieron el primer sitio, incluso los que lucían mayores que él. Pero ni siquiera así pudo recibir su plato, porque inmediatamente apareció su esposa Pilar y lo recibió por él, como ternura y dedicación. Me imaginé que ella era una especie de Úrsula Buendía que todos los escritores necesitamos para poder escribir en paz y con amor.

Saramago estuvo unos minutos parado. Los demás escritores, académicos y periodistas estaban ya sentados en mesas redondas, muy bien servidos con un buen bacalao en el plato y abundante vino verde de Oporto. Saramago podía haberse acercado a cualquier mesa y estoy seguro que lo hubieran recibido con toda la atención del mundo. Lo sé porque las miradas de la mayoría de los presentes buscaban sus ojos, pero parecía que Saramago quería evitar cualquier contacto visual y quedarse solo. Al final, prefirió ubicarse en la incómoda esquina de la mesa en donde estaban la estación de los cubiertos y los platos. Muy incómodo, abriendo sus piernas, y empezó a comer. Creo que este gesto lo pinta de pies a cabeza -ya me lo había advertido Mariza Márquez Barbosa, agregada cultural de la Embajada de Portugal en Lima, cuando me aseguró: “él es un hombre sencillo y que tiene palabra”. Hasta entonces, Saramago lucía como un hombre que no creía y no se sabía mover muy bien en la apoteosis de la fama, aunque, aparentemente, en el preciso momento que se le dio el premio lo está sobrellevando muy bien, hasta disfrutándolo, y aprovechando los focos del mundo para difundir sus ideas políticas, como sucedió aquella misma noche, cuando participó en un mitin en favor de Cuba junto al mismísimo Fidel Castro, y frente a más de 10 mil jóvenes de izquierda, llegados de toda Europa.

Me crucé con un grupo de estos chicos ya al final de la jornada. Era una patota de simpáticos gallegos que habían venido desde España para participar ¡al menos una vez en su vida! en alguno de los míticos discursos socialistas del líder cubano; la presencia de Saramago en el mismo era circunstancial para ellos, estaban aquí para ver a Castro y punto, orgullosos de compartir con él su origen gallego, y después contarle a sus hijos y sus nietos que alguna vez lo escucharon y ovacionaron en vivo, como otros cuentan que han sido bendecidos por el Papa o han escuchado a los Rolling Stone. Yo había visto a Castro horas antes, en la cumbre presidencial, cuando todos los presidentes posaron para los fotógrafos; obviamente el cubano era el más solicitado, y a él le encantaba. Todavía recuerdo como levantó su legendaria gorra verde oliva y nos saludó efusivamente. Todos los demás líderes de Estado, parecían pigmeos a su lado. Probablemente, para el propio Saramago sería un honor hablar sobre la “justicia en el mundo” junto a Fidel Castro. Mal que bien, su reciente Nobel le daba el estatus político y cultural necesario para poder codearse con él en un estrado.

Esa misma mañana, en una de las tres entrevista a vuelo de pájaro que dio, dijo: “Quiero decir que este Nobel de Literatura 1998 está con la revolución cubana y va a participar en el evento porque Cuba es como una rosa, más que una rosa, porque las rosas se marchitan y Cuba está viva, resiste. El bloqueo debe acabar. Mi admiración por Cuba no es reciente. Soy un convencido comunista y ya lo he dicho varias veces. Recibir el Premio Nobel es un gran honor pero por eso no voy a traicionar las convicciones que me han acompañado toda la vida. El Nobel me da ahora más responsabilidad en mi trabajo de escritor”.

Al final del pastel de manzana me acerqué y le robé algunas palabras más, gracias a Pilar. “Pregunto: ¿Se siente perturbado por el ejército de periodistas que lo persigue desde que se ha convertido en celebridad mundial?”, y responde: “Todavía no estoy totalmente consciente de lo que ocurre. Otros hubieran podido tener el Nobel. Yo tuve esa suerte, pero no voy a decir tonterías de tipo: estoy contento, ya que lo que se siente se siente por dentro. Creo que todavía no estoy totalmente consciente de lo que ocurre. Hay tantos grandes escritores que no tuvieron el Nobel. Yo he tenido suerte, otros hubieran podido obtenerlo. Pero sí, estoy muy contento. Nunca he buscado esto, no me importa ser rico. Sólo quiero escribir”. Un poquito después junto a decenas de periodistas que más bien prefería preguntarle sobre asuntos políticos más que literarios, hasta sobre la inminencia del euro. Un poco más, y Saramago termina dilucidando, por fin, si la gallina fue primero que el huevo o viceversa.

Después de seis horas me acerqué por enésima vez, libro en mano, mismo paparazzi. ¿Qué le digo: maestro, doctor, señor? ¿Los tres juntos? En fin, ¿señor Saramago? Me puede firmar un libro, “Otra vez usted”. “A ver cómo se llama”. “Héctor Velarde” maestro. ¡Ector Velarde! No doctor, Héctor se escribe con “H”. ¿H? Si, H de huevo. Muy bien, y ¿Belard? Con V chica maestro. ¿V chica? ¿Qué es eso? Ah, uve. Sí maestro. Bueno, entonces, es así: Belard. No doctor con v de volar. Ah bueno: Velard, Hector Velard. En fin, gracias don José Saramago, en Lima me escribe la “e”.

DIA TRES ¿O ERA CUATRO?, CREO

El avión estaba a punto de partir y las geishas se estaban acomodando en la sala de espera del aeropuerto. Algunos comentaban, “¿y ahora, cuál será el regalo del presidente Fujimori?”. Al parecer, al final de cada uno de estos viajes presidenciales el emperador premiaba a sus súbditos con algún regalito etílico. Pero justo cuando voy yo, no hay regalo, y alguno me recrimino: “compadre, has venido traer mala suerte al viajecito”. Yo calladito no más, haciéndome el tonto, felizmente mi cara me ayudaba, no vaya a ser que me boten del avión presidencial, porque estar de contrabando; ya varios se preguntaban porque no me habían visto en ninguna de las salas de prensa o durante las declaraciones políticas.

Pero valía la pena el riesgo. En aquel avión nadie estaba libre de culpa. Faltaban todavía unos meses para su discurso del Nobel y su supuesta visita al Perú –nunca lo cumplió-, pero fue tiempo que aproveché para leer más sobre el escritor lusitano y mi admiración creció. Fue entonces que me enteré de sus pobrísimos orígenes, de la importancia de sus abuelos en su formación literaria, quienes lo criaron y fueron sus primeros contadores de cuentos, su primera inspiración, como también les ocurrió a escritores como García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Fue por eso que confesaría después: “Mis abuelos maternos, Jerónimo y Josefa, me enseñaron la escuela más intensa, la del arte más difícil, que es el de vivir. Mi abuelo por parte de madre era un soñador y un narrador bajo las estrellas del cielo nocturno. Cuando sentía llegar su última hora, se despidió de todos los árboles de su jardín, uno por uno. Mi abuela Josefa estimaba que era una lástima morirse con lo bonito que es el mundo”.

Llegó la hora de partir. Había comprado cuatro botellas de vino verde oporto, de los más caros, para la “family” y los amigos. Lamentablemente, cuando estaba subiendo al avión se me cayó la botella más valiosa, la que tenía la forma de un barquito. Yo, cuando no. Caballero nomas, bauticé la ciudad. Oporto y Saramago bien valen una botella rota.

Publicado en el diario Cambio en 1998.

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